QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo
9
Marta cumplió 19 años un soleado día
del mes de abril, y eso era suficiente motivo para celebrarlo por todo lo alto.
La noche era templada y alegre, daba gusto caminar. Poca gente se cruzaba con
nosotras de camino a casa. En aquella calle desierta solo se oía nuestro
pausado taconeo mezclado con el roce de los neumáticos de algún coche perdido
con el machacado asfalto. Habíamos quedado para cenar, y después estuvimos
bebiendo algo más de lo normal. Caminábamos despacio, agarradas, casi abrazadas
para no caernos, y muy contentas:
—
No sé por qué me has dejado beber.
—
Ya eres mayorcita; bebe si quieres.
—
Oye, ¿por qué no entramos aquí y nos tomamos la última?
—
Nunca se dice eso; la última es la que te tomas antes de morir.
—
No seas tonta.
—
Bueno, ¿entramos o no?
—
Una y nos vamos, ¿eh?
Entramos
en una sala de copas; era un sitio lúgubre, muy oscuro. Al otro lado de la
barra había un hombre de espaldas. Nos acercamos y nos sentamos en un taburete
cada una, con dificultad por la altura que tenían, y sin parar de reírnos. Él
se giró. Me quedé fascinada mirando la cara angelical del camarero. Jamás había
visto un hombre tan guapo. Su pelo castaño, sus ojos marrones, su nariz, su
boca entreabierta y casi sonriente, su barbilla, su mandíbula marcada… El resto del mundo desapareció de repente.
—
¿Quieres decirle a este chico tan simpático qué te apetece beber? —interrumpió
Marta.
—
Ron con limón —contesté, después de unos segundos mirándole a los ojos y
pensando: “lo que realmente quiero es tu teléfono”.
—
Ahora mismo os lo sirvo.
¡Dios!
Si hasta su voz sonaba a música celestial.
—
Yo me llamo Julia —me atreví a decir, sin que viniera a cuento.
Él
me sonrió y me contestó:
—
Yo soy Rubén.
—
Pues dame dos besos; bueno, o los que quieras -mi boba sonrisa no se
desdibujaba.
—
Pero, tía, ¿qué estás diciendo?
—
Marta, no nos interrumpas la conversación.
—
Pero, ¿qué conversación? Si no estáis hablando de nada.
—
Bueno, pues si te callas, hablaremos de algo, ¿a que sí? —dirigiéndome a él.
—
Creo que deberías dejar de beber —añadió Rubén.
—
¿Y qué se supone que tengo que hacer? ¿Irme a casa?
—
Es una opción muy acertada, Julia.
—
Así que… ¿te acuerdas de mi nombre?
—
En media hora tengo que cerrar. Si quieres te llevo a casa, no creo que puedas
conducir.
—
Yo no tengo coche; he venido en autobús.
—
Pues yo solo tengo moto. No me atrevería subirte a ella, por si pierdes el
equilibrio.
Al
día siguiente desperté en casa de Rubén. No recuerdo absolutamente nada a
partir de esa frase, pero el dolor de cabeza de la mañana me hizo entender que
me subió a su casa, y dormí plácidamente en su sofá, después de vomitar en su
cocina. Rubén vivía en el mismo edificio del bar de copas, en el segundo piso.
Su domicilio era pequeño, muy pequeño, con un dormitorio minúsculo, pero no lo
compartía con nadie. No sé cómo Marta regresó a su casa.
—
Siento lo de anoche —quise justificar mi comportamiento, fuera el que fuese—.
Yo no soy así; normalmente, yo no bebo.
—
No te preocupes. Estabas muy graciosa.
—
¿”Graciosa” es la palabra?
—
No, no te lo tomes mal. Me refiero a que estabas muy simpática.
—
Ya —sonreí. Eso es lo peor que se le puede decir a una mujer, que estaba
“simpática”. Miré el reloj, sin ver la hora, como un acto reflejo y me
despedí-: Bueno, tengo que irme.
Rubén
se acercó a mí y, sin decirme nada, me miró a los ojos durante unos segundos.
Recordé lo guapo que me pareció anoche, pero ahora, sobria, me parecía mucho
más. La primera vez no me fijé en la
forma redondeada de sus cavidades nasales, tan perfectas que me parecía que le
agraciaban aún más. En esos momentos, yo no sabía hablar ni mover un solo
músculo de mi cuerpo. Sin señales de preaviso, me besó con dulzura, suavemente,
sin presionar demasiado sus labios contra los míos. Se separó de mí esperando
alguna respuesta, pero no la hubo y volvió a besarme con más contundencia.
Al día siguiente quedamos por la tarde
para tomar algo, y comenzó a llover esperando al autobús. Descubrí la seguridad
que dan los brazos de un hombre, una protección inventada que me cobijaba de la
lluvia.
Al
mes siguiente, ya estaba viviendo con él. Mi tía Victoria montó en cólera,
porque fue una decisión que ella no había tomado, aunque imaginé que, en el
fondo, se alegraría de perderme de vista.
Con
él descubrí el amor y el deseo en estado puro, sin retraimiento ni disimulo. A
mí no me enseñaron a amar, y yo tampoco aprendí sola hasta que no supe de la existencia
de Rubén.
Cuando
le conocí, mi vida cambió por completo. Me hizo tener un motivo para empezar a
hacer las cosas bien, por primera vez en mi vida; sin duda, él era mi auténtica
motivación. Quería vivir y respirar por él. Sentía de verdad todas esas
palabras que siempre me habían parecido cursiladas pronunciadas por otros. Le
abrazaba siempre que tenía oportunidad solo para sentirle muy cerca, y si no la
tenía, la buscaba. Y nos dormíamos abrazados todas las noches.
A Rubén le gustaba mucho
hablar de todo, y yo le dejaba que me deleitara los oídos, me daba igual con
qué. Me contaba muchas cosas de su vida, como que empezó a estudiar medicina,
pero lo dejó, porque le aburría memorizar. Así que yo también dejé los estudios
y comencé a trabajar en el bar. La vida de la noche me gustaba, y estar con mi
chico todo el día me seducía todavía más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario