lunes, 11 de noviembre de 2013

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS Capítulo 9

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo 9
         Marta cumplió 19 años un soleado día del mes de abril, y eso era suficiente motivo para celebrarlo por todo lo alto. La noche era templada y alegre, daba gusto caminar. Poca gente se cruzaba con nosotras de camino a casa. En aquella calle desierta solo se oía nuestro pausado taconeo mezclado con el roce de los neumáticos de algún coche perdido con el machacado asfalto. Habíamos quedado para cenar, y después estuvimos bebiendo algo más de lo normal. Caminábamos despacio, agarradas, casi abrazadas para no caernos, y muy contentas:
— No sé por qué me has dejado beber.
— Ya eres mayorcita; bebe si quieres.
— Oye, ¿por qué no entramos aquí y nos tomamos la última?
— Nunca se dice eso; la última es la que te tomas antes de morir.
— No seas tonta.
— Bueno, ¿entramos o no?
— Una y nos vamos, ¿eh?
Entramos en una sala de copas; era un sitio lúgubre, muy oscuro. Al otro lado de la barra había un hombre de espaldas. Nos acercamos y nos sentamos en un taburete cada una, con dificultad por la altura que tenían, y sin parar de reírnos. Él se giró. Me quedé fascinada mirando la cara angelical del camarero. Jamás había visto un hombre tan guapo. Su pelo castaño, sus ojos marrones, su nariz, su boca entreabierta y casi sonriente, su barbilla, su mandíbula marcada…  El resto del mundo desapareció de repente.
— ¿Quieres decirle a este chico tan simpático qué te apetece beber? —interrumpió Marta.
— Ron con limón —contesté, después de unos segundos mirándole a los ojos y pensando: “lo que realmente quiero es tu teléfono”.
— Ahora mismo os lo sirvo.
¡Dios! Si hasta su voz sonaba a música celestial.
— Yo me llamo Julia —me atreví a decir, sin que viniera a cuento.
Él me sonrió y me contestó:
— Yo soy Rubén.
— Pues dame dos besos; bueno, o los que quieras -mi boba sonrisa no se desdibujaba.
— Pero, tía, ¿qué estás diciendo?
— Marta, no nos interrumpas la conversación.
— Pero, ¿qué conversación? Si no estáis hablando de nada.
— Bueno, pues si te callas, hablaremos de algo, ¿a que sí? —dirigiéndome a él.
— Creo que deberías dejar de beber —añadió Rubén.
— ¿Y qué se supone que tengo que hacer? ¿Irme a casa?
— Es una opción muy acertada, Julia.
— Así que… ¿te acuerdas de mi nombre?
— En media hora tengo que cerrar. Si quieres te llevo a casa, no creo que puedas conducir.
— Yo no tengo coche; he venido en autobús.
— Pues yo solo tengo moto. No me atrevería subirte a ella, por si pierdes el equilibrio.
Al día siguiente desperté en casa de Rubén. No recuerdo absolutamente nada a partir de esa frase, pero el dolor de cabeza de la mañana me hizo entender que me subió a su casa, y dormí plácidamente en su sofá, después de vomitar en su cocina. Rubén vivía en el mismo edificio del bar de copas, en el segundo piso. Su domicilio era pequeño, muy pequeño, con un dormitorio minúsculo, pero no lo compartía con nadie. No sé cómo Marta regresó a su casa.
— Siento lo de anoche —quise justificar mi comportamiento, fuera el que fuese—. Yo no soy así; normalmente, yo no bebo.
— No te preocupes. Estabas muy graciosa.
— ¿”Graciosa” es la palabra?
— No, no te lo tomes mal. Me refiero a que estabas muy simpática.
— Ya —sonreí. Eso es lo peor que se le puede decir a una mujer, que estaba “simpática”. Miré el reloj, sin ver la hora, como un acto reflejo y me despedí-: Bueno, tengo que irme.
Rubén se acercó a mí y, sin decirme nada, me miró a los ojos durante unos segundos. Recordé lo guapo que me pareció anoche, pero ahora, sobria, me parecía mucho más. La primera  vez no me fijé en la forma redondeada de sus cavidades nasales, tan perfectas que me parecía que le agraciaban aún más. En esos momentos, yo no sabía hablar ni mover un solo músculo de mi cuerpo. Sin señales de preaviso, me besó con dulzura, suavemente, sin presionar demasiado sus labios contra los míos. Se separó de mí esperando alguna respuesta, pero no la hubo y volvió a besarme con más contundencia.
         Al día siguiente quedamos por la tarde para tomar algo, y comenzó a llover esperando al autobús. Descubrí la seguridad que dan los brazos de un hombre, una protección inventada que me cobijaba de la lluvia.
Al mes siguiente, ya estaba viviendo con él. Mi tía Victoria montó en cólera, porque fue una decisión que ella no había tomado, aunque imaginé que, en el fondo, se alegraría de perderme de vista.
Con él descubrí el amor y el deseo en estado puro, sin retraimiento ni disimulo. A mí no me enseñaron a amar, y yo tampoco aprendí sola hasta que no supe de la existencia de Rubén.
Cuando le conocí, mi vida cambió por completo. Me hizo tener un motivo para empezar a hacer las cosas bien, por primera vez en mi vida; sin duda, él era mi auténtica motivación. Quería vivir y respirar por él. Sentía de verdad todas esas palabras que siempre me habían parecido cursiladas pronunciadas por otros. Le abrazaba siempre que tenía oportunidad solo para sentirle muy cerca, y si no la tenía, la buscaba. Y nos dormíamos abrazados todas las noches.
         A Rubén le gustaba mucho hablar de todo, y yo le dejaba que me deleitara los oídos, me daba igual con qué. Me contaba muchas cosas de su vida, como que empezó a estudiar medicina, pero lo dejó, porque le aburría memorizar. Así que yo también dejé los estudios y comencé a trabajar en el bar. La vida de la noche me gustaba, y estar con mi chico todo el día me seducía todavía más. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario