QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo 7
Desde el día que nos conocimos, Víctor y yo nos habíamos hecho inseparables. Ese día apareció en mi casa, más pronto que de costumbre. Las lágrimas de sus ojos presagiaron que estaba a punto de anunciarme la peor de mis tragedias; sus padres habían decidido irse a vivir a Nueva York, y quitarme a mi mejor amigo. Aquella separación me torturó durante muchísimo tiempo. Sabía que nunca más volvería a verle y nunca encontraría a otra persona así, o por lo menos de eso estaba segura en aquella época.
Al principio me escribía todas las semanas. Me contaba que se habían instalado en un lujoso apartamento cerca de Central Park; que Nueva York es una ciudad muy fría y húmeda, que aún así se compró una bicicleta para ir al instituto; que seguía sin tener amigos, pero que no los necesitaba; que nadie se metía con él y que pasaba bastante desapercibido; “aquí, cada uno va a lo suyo”, me repetía con frecuencia. Me decía que a veces se sentaba en un banco de Central Park a ver cómo jugaban al béisbol; que no le gustaba el deporte, pero sí los chicos que lo practicaban; que me echaba de menos, muchísimo; que tenía ganas de que llegara el verano para volver a España y pasar mucho tiempo juntos; y que quería que todo volviera a ser como antes.
Todas estas palabras me hacían sentir muy mal. Estaba muy sola. Me convertí en una persona adusta y taciturna. Odiaba a todo el mundo, sin ninguna razón. Notaba que me hundía sin llegar nunca al fondo. Intuía una premonición horrible, que no sabía explicar, como si me encontrara en la antesala de una tragedia. No tenía ganas de luchar contra la inconformidad, el tedio, la tristeza y la incomodidad, y sí de desaparecer, sin pensar en las consecuencias. ¡Qué cobarde me sentía cuando pensaba en todo esto, y qué incapaz era de hacer otra cosa! Desde que Víctor se había ido, todo el tiempo había transcurrido como una terrible pesadilla.
¡Cuántas veces sonreía a la pared, imaginándome que era él… de una forma casi enfermiza! Y enseguida me topaba con la realidad de nuevo.
Iba al instituto y no entraba. Deambulaba por las calles sin saber dónde ir, ni qué hacer. Una mañana pasé por un descampado, cogí una piedra lo más grande que abarcó mi mano y la arrojé con todas mis fuerzas hacia el escaparate de una tienda de electrodomésticos. No me moví del sitio; no escapé hacia ninguna parte. Mis tíos fueron a buscarme a la comisaría, después de tomarme declaración. No negué nada.
Me bajaba al parque que había detrás de mi calle cuando llovía, y me sentaba en un banco a ver la gente corriendo, buscando cobijo, huyendo de esa lluvia que a mí me hacía sentir bien, libre, diferente a los demás. Las personas que pasaban se me quedaban mirando, como si nunca hubieran visto a alguien disfrutando de un maravilloso día de lluvia.
Una vez, un señor con gabardina y paraguas negros se me acercó y me preguntó si me encontraba bien.
— Sí, señor —le respondí, desconcertada.
— ¿Quieres que te acompañe a casa, niña?
— No, gracias, estoy bien aquí.
Dudó unos instantes frente a mí; finalmente, desistió, y continuó su camino.
Hacer cosas diferentes me hacía sentir viva, aunque todo en la vida me estaba resultando una losa, difícil de soportar.
Mi tía empezó a preocuparse por mi comportamiento díscolo; lo relacionó con el de mi madre, una demencia sin diagnosticar, y me obligó a ir a un psicólogo los martes por la tarde. Yo llegaba a la consulta y le soltaba un rollo de disconformidad con la sociedad que nos había tocado vivir, aderezada con mucha exageración para que aquello pareciera una enfermedad más. Cumplía con el expediente y salía de allí a seguir con mi vida. Pero nada cambiaba más que en mi mente, en mi maldita mente; sin duda, mi peor enemiga.
Desde el día que Víctor salió de mi vida necesitaba llorar, gritar de rabia e impotencia, pero no podía. Nada aliviaba ese dolor que yo era incapaz de contarle a nadie; inexplicable incluso para mí. La vida me quitaba alguien al que quería de verdad, pero al que tampoco tuve el valor de confesárselo.
Sentía un dolor generalizado y poco específico. Vomité todo lo que pude y lo que me costó echar. Me sentía morir allí mismo, sola, en el cuarto de baño de mi casa, mientras mi tía, tranquilamente, oía las radionovelas y, de vez en cuando, juraba en arameo todas mis desdichas. Las lágrimas me salían del esfuerzo. Necesitaba echar lo que fuese que me carcomía por dentro y que no era mío. Alguna vez perdí el conocimiento, no sé cuánto tiempo.
El psicólogo me mandó al psiquiatra, y éste convino mi ingreso en un centro especializado. Empezó a tratarme con pastillas que me dejaban sin fuerzas, y sin ganas de moverme. “Tenemos que regularle la dosis”, le decía el médico a mi tía, pero tardé como un mes en acostumbrarme al ritmo que me marcaban esas píldoras.
A veces, tumbada, cerraba los ojos y veía el mar; un horizonte que traía las olas hacia mí, mansamente, sin prisa, para que yo las pisara sin levantar los pies, como si quisieran abrazarme. Aunque sentía el agua fría, imaginaba que aquello era la libertad que me desunía de mis negativos pensamientos, urdidos de una forma maléfica, para que solo pudiera sufrir. Y ese bienestar se volvía amargo. Entonces, notaba una finísima gota que salía de mis ojos y resbalaba hasta mi oreja, para perderse dentro, e imaginaba que eran trozos de mar.
Cuando ya me encontré mejor, pero sin dejar el tratamiento, me mandaron a casa, y una semana después, comencé a ir de nuevo al instituto.
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