lunes, 21 de octubre de 2013

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS Capítulo 6

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo 6
El teléfono, en aquella tranquila casa, pocas veces sonaba, solo cuando me llamaba Víctor. Ese día, mi tío Antonio estuvo nervioso durante toda la tarde hasta que el aparato escupió su sonido estridente:
  ¿Dígame? Sí, soy yo —se cambió el auricular de mano y se la secó con el pantalón—. ¿A qué hora, entonces? De acuerdo; allí estaré.
Y colgó. La tía Victoria, que había estado escuchando toda la conversación a su espalda, preguntó:
         — ¿Quién era?
  Nadie.
Cogió su americana y salió de la casa, dando un portazo.
A los pocos días, el cartero llamó al timbre dos veces consecutivas, casi inmediatas. Traía una citación judicial para mi tío Antonio. Debía presentarse el próximo jueves en los juzgados por una denuncia contra él que había interpuesto la firma de cosméticos en la que trabajaba, o más concretamente, el señor Morales, en nombre de la empresa. Según su propia confesión, le habían despedido una semana antes acusado de desviar  dinero a una cuenta llamada “Gastos de representación varios”, yendo a parar a su propio bolsillo. Cuando el jefe de contabilidad dio la voz de alarma, la operación había durando varios meses y pudo lucrarse de una suma importante de beneficios ilícitos. Le condenaron a dos años de prisión, de los cuales solo cumplió uno por apelación de su abogado. Y, evidentemente, tuvo que devolver todo el dinero desviado. Esto provocó que volviéramos a mudarnos de casa, a una más pequeña aún que la primera. Costó más vender aquellos horrorosos muebles que la casa en sí.
         Durante todo ese tiempo, la tía Victoria iba todas las semanas a verle a la cárcel. El resto del tiempo se lo pasaba haciendo su vida habitual como si nada hubiera pasado, salvo los dos primeros días que sí lloró su ausencia, pero pronto se habituó a dormir sola y a tener que cocinar solo para nosotras dos.
         Cuando cumplí los diecisiete años busqué desesperadamente perder la virginidad, fuera con quien fuese, como si me estorbase, como si quisiera deshacerme de un lastre, el signo de esa vida que ansiaba dejar atrás, y olvidarla para siempre. También lo quería hacer como un acto de rebeldía, sin ningún otro motivo que el de quebrantar las normas de buena conducta, y yo no estaba dispuesta a hacer lo que se esperaba de mí. Pero, claro, eso implicaría que mi tía debía saberlo, y yo no sabía cómo se dicen esas cosas. En definitiva,  la decisión ya estaba tomada, y no iba a echarme para atrás solo por esa tontería.
Conocí a mi candidato en una sala de juegos recreativos. Era un chico muy engreído, que hablaba con una sonrisa fingida. Me pidió fuego para el cigarrillo que sostenía entre dos dedos de su mano derecha. Masticaba chicle de una forma ruidosa. Le respondí que yo no fumaba, pero no se apartó de delante de mí, como si esperara algo más. Nos quedamos mirándonos unos segundos, sin decir nada:
  ¿Vives por aquí? —preguntó, al fin.
  No —espeté, sin pensármelo. No entendía a qué venía esa pregunta.
  Yo sí; aquí al lado.
  Bueno, ¿y qué?
  Si quieres, vamos a mi casa. Mis padres no están. Te puedo enseñar mi colección de sellos.
  A mí, tu colección de sellos me importa bastante poco.
—Bueno, te puedo enseñar…
  Tú, exactamente, ¿qué quieres de mí?
  Me gustas —me dijo, sin preámbulos.
Mi sorpresa apenas se notó. Me quedé mirando aquel chico con aspecto de bobalicón, rubio, ojos pequeños, delgado y espigado, que se creía a sí mismo muy guapo. Vestía una camiseta deportiva y unos vaqueros. Me acerqué y sentí su olor, fortísimo, a colonia.
  Bueno, vale.
Y le seguí apenas cinco minutos que tardamos en llegar a la tercera planta de un edificio de viviendas. Entramos directamente a un amplio salón con tresillo y cortinas a juego, color marrón, de un pésimo gusto. Bien iluminado, eso sí. Enseguida noté el contraste del calor de la calle al entrar. Me cogió de la mano y me guió directamente a su habitación.
  ¿Quieres beber agua? —me preguntó.
         Negué con la cabeza. De pronto, me volví muda. Ni tenía, ni quería decir nada.
         Se puso enfrente de mí y me sonrió. Dejó el chicle encima de la mesilla. Me besó lentamente. Su boca sabía a fresa ácida; me gustaba ese sabor. Se quitó la camiseta y volvió a sonreírme. Cerré los ojos de una manera inconsciente. Notaba cómo me desvestía, tembloroso. Su respiración comenzó a ser afanosa, rápida y rítmica. Le frené sus torpes movimientos para pedirle que bajara la persiana, como si la oscuridad fuera una coraza contra mi pudor.
         Su mano recorrió las zonas de mi cuerpo que le parecieron más conveniente para mi placer, y para el suyo también. Nos tumbamos en su cama pequeña, uno frente a otro. Volvió a besarme. Su lengua húmeda salió de mi boca y fue buscando el mismo camino que anteriormente había recorrido su mano. Se acomodó sobre mi cuerpo y, sin abrir los ojos, noté una vehemencia desmesurada, pero necesaria, para aplacar el deseo. Él respiraba a mi oído cada vez más deprisa y comenzó a salir por su boca unos sonidos que al principio me parecieron de queja, de lamento, cercano a un bramido. Creo que yo seguía callada. El olor de su colonia me estaba anulando los sentidos completamente, me estaba mareando; lo tenía pegado a mis fosas nasales, y empecé a sentir su efecto anestésico.
         Desperté con la calma. Nos abrazamos como en las películas. Había visto esa misma escena miles de veces, y yo ahora era la protagonista. De repente, sentí un desconcierto inexplicable, la sensación de que ya no tenía nada que hacer allí. Sin decir nada, me vestí con la misma rapidez con la que él me había quitado la ropa, y huí como si acabara de cometer un delito. Nunca más volví a verle; ni ganas que tenía. El sexo me gustó, creo, pero no estaba hecha para ninguna relación.
         Corrí a contárselo a Víctor. Yo no sabía por qué no le hizo ninguna gracia; estuvo varios días tratándome de una manera distante, hasta que se le pasó. Yo intentaba sacar el tema para que me explicara qué era realmente lo que le molestaba, hasta que él zanjó el asunto, diciéndome “creo que podías haberte reservado hasta conocer a una persona que realmente te merezca, y no hacerlo con cualquier gilipollas que te encuentres por la calle”. Amén. No reprimí mi impulso de abrazarlo, muy fuerte, pero sí de besarlo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario