lunes, 2 de diciembre de 2013

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS Capítulo 12 (último)

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo 12
Cuando nos encontramos, él me recibió con un corto beso en los labios, de una manera natural, como si llevara haciéndolo toda su vida. Yo no dije nada.
Nos dirigimos a una cafetería y hablamos sin parar de aquella corta época en la que yo visitaba su tienda, y después nos íbamos al parque con Víctor. Adornó mucho sus sentimientos hacia mí; me gustaron sus mentiras y volver atrás en el tiempo de una forma imaginaria.
— Sigo conservando discos de mi tienda.
— Ah, ¿si?
— Sí, los tengo en mi casa.
Y fuimos allí a recordar cómo se elegía “un buen sonido que deleite los oídos”, como me decía entonces. Después de revisar todas aquellas portadas de sus añorados discos y de reírnos hasta perder la noción del tiempo, una amnesia fugaz pasó por mi mente, y acabamos haciendo el amor en su cama de 1,35. Durante ese lapso viví en la época anterior, olvidando completamente a Rubén y a Marta. 
Mi imagen desnuda reflejada en el espejo del cuarto de baño me devolvió a la realidad.
         — Andrés, tenemos que hablar. Esto es algo que nunca tenía que haber pasado. Tengo pareja estable, a la que quiero muchísimo, y no sé qué me ha pasado.
         — Cariño, ahora no hables —y volvió a intentar besarme.
         — Pero, ¿es que no me has oído? ¡Que esto no puede ser!
Discutimos sobre mi infidelidad y la escasa importancia que él le concedía al tema, mientras me vestía. “No tiene por qué enterarse”, era su único argumento para convencerme de que siguiéramos viéndonos. El portazo que di al salir de aquel lugar de sexo barato me sorprendió sobremanera. Me sentía fatal, sucia, maloliente, detestable… una rata en medio de un palacio de cuentos.
Anduve hasta la boca de metro, y me la pasé de largo. Me apetecía caminar mientras me odiaba a mí misma como jamás lo había hecho a nadie. Y lloraba sin ser consciente de ello. El reloj se desvaneció en aquellas calles desconocidas que me conducían hacia el domicilio de Marta. Tenía que quitarme ese peso de encima.
         Necesitaba que ella me abroncara, pero no lo hizo. Me abrazó como solo ella sabe hacerlo. Me insistió que no le dijera nada a Rubén por el bien de los dos, sobre todo de él, porque “no va a volver a ocurrir; tú estás arrepentida, y le vas a hacer sufrir inútilmente”. Pero yo necesitaba lavar mi pecado.
         Cuando llegué a casa, Rubén no estaba. Enseguida apareció cargando tres bolsas llenas de comida. Corrí a abrazarle, a besarle, a vaciar mi culpa.
— ¡Eh! ¡Espera a que entre, ansiosa! —bromeó, camino de la cocina.
— ¿Te he dicho alguna vez que te quiero mucho? —pese al nerviosismo, respiré fuerte, antes de seguirle la broma.
— No, nunca.
— Bueno, pues recuérdame que algún de éstos te lo diga.
— Hecho.
Y entre beso y beso acabamos deshaciendo nuestra cama. Llevaba mucho tiempo haciendo el amor con Rubén, pero esa tarde lo sentí de una forma diferente, deseándole hasta reventar. Necesitaba vaciarme del todo, obsesionada en concentrarme para vencer el recuerdo que me torturaba. Exhausta, me derrumbé encima de él. Me regaló una sonrisa mágica. Nos quedamos mirándonos durante un rato. Mi corazón no bajaba su ritmo:
         — Mi amor, tengo que contarte algo —salió de mi bocaza.
         Después de todo mi relato, bañado en lágrimas y lamentos, me contó el suyo: el muy cabrón llevaba tres meses acostándose con mi amiga Marta, la muy puta. “Nació como algo accidental, que no supimos parar”. El segundo portazo del día fue más vehemente que el primero.
Volví a vivir a casa de mi tía Victoria. Ya sí que no me quedaba a nadie más a mi alrededor. Cuando creí haber entendido en qué consiste el amor, me pasé tres interminables meses velando la ausencia del sentido de mi vida, sin saber si estaba preparada para enviudar o si tal vez pudiera perdonar a mi chico y mi chica, y mi vida la encauzara para que volviera a ser como antes. Me habían clavado dos puñaladas a la vez en una sola espalda, porque el amor con mayúsculas duele tanto si viene envasado en cuerpo de hombre como de mujer. No, por supuesto que no estaba preparada para otro cambio rotundo en mi vida. ¿Cuántas? ¿Cuántas veces va a golpearme más esta puta vida? ¿Por qué solo se acuerda de mí para estas cosas?
Cogí el teléfono para llamar a Nueva York; sonó insistentemente y nadie hizo nada por que se callara. Al cabo de media hora repetí la operación, sin éxito. Corrí a la comisaría de policía del barrio y pedí cita para solicitar el pasaporte. Y volví a marca el teléfono de Víctor; ¡nada!
A la semana siguiente, pedí un taxi que me llevara al aeropuerto. No llené mucho la maleta. El taxista me deseó “buen viaje, fuera donde fuese”, después de una generosa propina. Estaba ante el portal de mi nueva vida, al lado de Víctor; él nunca me defraudaría. Sonreí, satisfecha, mirando aquel gran edificio donde entraba y salía gente de todas las nacionalidades, con maletas de todos los colores, y yo estaba dispuesta a mimetizarme con ellos. Acaricié mi billete de vuelo en señal de ritual, como si de él fuera a salir un genio al que poder pedirle algo de suerte que me acompañara en mi viaje a tierras lejanas. Y, de repente, oí una voz conocida que gritaba mi nombre:
— ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Has venido a buscarme? ¿Quién te dijo que llegaba a estas horas?
— ¡Víctor!
— Hola, guapa —y me agrandé entre sus brazos generosos.
— ¿Has venido para quedarte en Madrid?
— Sí, ¿no me digas que no lo sabías? Rompí con mi chico; ya no me ataba nada a Nueva York y decidí volver contigo, con la persona más importante de mi vida, sin duda.

Y ahora, ¿qué?