lunes, 25 de noviembre de 2013

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS Capítulo 11

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo 11
         Tardé como quince días en recuperar esa sonrisa que tanto me pedían Rubén y Marta. Tardé ese mismo tiempo también en reunir fuerzas para contárselo a mi tía, que lloró amargamente delante de mí.
         El fuerte sonido del teléfono me despertó de la siesta:
— ¿Te apetece un cine esta noche? —el entusiasmo de Marta era contagioso—. Hace mucho que no vamos, y me apetece un montón —me concedí  una pausa para procesar la información, aún somnolienta, y seguí escuchando—: prometo llevarte a ver una película en español.
— Vale —le despaché una sonrisa barata—. ¿A qué hora quedamos y dónde?
— En la cafetería que hay enfrente del cine, ¿vale? Quedamos a las seis y decidimos la película —Asentí con la cabeza, sin darme cuenta que Marta no podía ver mi gesto de aprobación—. Bueno, dime, ¿sí o sí?
— ¿Tengo otra opción? —bromeé.
— Vale, pues. No te pongas demasiado guapa que me eclipsas.
— Intentaré afearme un poquito más, si cabe.
Llegué a esa céntrica y concurrida cafetería antes de la hora. Busqué, con la mirada, una mesa libre cercana al ventanal que anuncia el nombre del establecimiento serigrafiado en el cristal, pero no había sitio. Solo quedaba una mesa en el rincón del fondo, cercano a los cuartos de baño. Me senté y esperé a Marta. Busqué en mi bolso un cuadernillo de crucigramas para entretenerme.
— ¿Qué quiere tomar? —me preguntó uno de los tipos vestidos con camisa blanca impoluta y pantalón negro azabache.
— Estoy esperan… -ante mi sorpresa, no pude terminar la frase—, ¿trabajas ahora aquí?
— ¡Julia! No te había conocido. Está muy guapa. Bueno, antes también lo estabas, pero… No sé; me alegro mucho de verte.
— Yo también me alegro de verte otra vez. Por cierto, no te perdono que cerraras aquella tienda de discos sin avisar. Y lo que menos te perdono es que te fueras.
— Tuve que irme repentinamente. Verás, a mi padre le dio un ictus y me fui a Valencia a estar con él y con mi madre. Tardé mucho en volver a Madrid. Pero sí abrí la tienda de nuevo.
— Y, ¿qué tal está ahora?
— ¿La tienda?, cerrada. El negocio no iba bien y tuve que cerrar y buscar trabajo. Lo encontré aquí.
— No, me refería a tu padre.
— ¡Ah, bien! Bueno, no está como antes, camina con dificultad, pero ya hace vida normal.
— Me alegro mucho —premié con una sonrisa el encuentro.
— Oye, dame tu teléfono, quedamos un día y me sigues contando, que no puedo entretenerme mucho más; estoy trabajando.
— ¡Claro! —y se lo apunté en una servilleta de papel que saqué de un soporte de plástico con publicidad.
— Te llamo; te lo prometo.
— ¡Pobre de ti como no lo hagas!, que ya sé dónde localizarte.
En esos momentos llegó Marta, regalándome esos besos rutinarios que tanto me gustaban y que los aceptaba sin valorarlos.
— Te voy a presentar a mi mejor amiga; ella es Marta. Él es Andrés.
— Encantado. Decidme ahora qué os traigo.
— Dos cervezas bien frías.
Acabamos las cervezas, la película posterior y la cena que coronó la noche. Durante ese intervalo, Marta se enteró de todo el asunto referente al camarero que acababa de conocer.

         Andrés me llamó dos días después y quedamos en vernos el lunes, que era el día que él libraba. Me citó en su barrio, en una zona extrema a la mía. Cogí el metro; él me esperaría en su salida. No sé por qué le oculté a Rubén que había quedado con un antiguo amigo; yo no tenía nada que esconder y estaba convencida de que no le hubiera importado. Pero por alguna extraña razón que no sabía, le escondí la verdad.

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