QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo
11
Tardé como quince días en recuperar esa
sonrisa que tanto me pedían Rubén y Marta. Tardé ese mismo tiempo también en
reunir fuerzas para contárselo a mi tía, que lloró amargamente delante de mí.
El fuerte sonido del teléfono me
despertó de la siesta:
—
¿Te apetece un cine esta noche? —el entusiasmo de Marta era contagioso—. Hace
mucho que no vamos, y me apetece un montón —me concedí una pausa para procesar la información, aún somnolienta, y seguí escuchando—: prometo llevarte a ver
una película en español.
—
Vale —le despaché una sonrisa barata—. ¿A qué hora quedamos y dónde?
—
En la cafetería que hay enfrente del cine, ¿vale? Quedamos a las seis y
decidimos la película —Asentí con la cabeza, sin darme cuenta que Marta no podía
ver mi gesto de aprobación—. Bueno, dime, ¿sí o sí?
—
¿Tengo otra opción? —bromeé.
—
Vale, pues. No te pongas demasiado guapa que me eclipsas.
—
Intentaré afearme un poquito más, si cabe.
Llegué
a esa céntrica y concurrida cafetería antes de la hora. Busqué, con la mirada,
una mesa libre cercana al ventanal que anuncia el nombre del establecimiento
serigrafiado en el cristal, pero no había sitio. Solo quedaba una mesa en el
rincón del fondo, cercano a los cuartos de baño. Me senté y esperé a Marta.
Busqué en mi bolso un cuadernillo de crucigramas para entretenerme.
—
¿Qué quiere tomar? —me preguntó uno de los tipos vestidos con camisa blanca
impoluta y pantalón negro azabache.
—
Estoy esperan… -ante mi sorpresa, no pude terminar la frase—, ¿trabajas ahora
aquí?
—
¡Julia! No te había conocido. Está muy guapa. Bueno, antes también lo estabas,
pero… No sé; me alegro mucho de verte.
—
Yo también me alegro de verte otra vez. Por cierto, no te perdono que cerraras
aquella tienda de discos sin avisar. Y lo que menos te perdono es que te
fueras.
—
Tuve que irme repentinamente. Verás, a mi padre le dio un ictus y me fui a
Valencia a estar con él y con mi madre. Tardé mucho en volver a Madrid. Pero sí
abrí la tienda de nuevo.
—
Y, ¿qué tal está ahora?
—
¿La tienda?, cerrada. El negocio no iba bien y tuve que cerrar y buscar
trabajo. Lo encontré aquí.
—
No, me refería a tu padre.
—
¡Ah, bien! Bueno, no está como antes, camina con dificultad, pero ya hace vida
normal.
—
Me alegro mucho —premié con una sonrisa el encuentro.
—
Oye, dame tu teléfono, quedamos un día y me sigues contando, que no puedo
entretenerme mucho más; estoy trabajando.
— ¡Claro! —y se lo apunté en una servilleta de papel que saqué de un soporte de
plástico con publicidad.
—
Te llamo; te lo prometo.
—
¡Pobre de ti como no lo hagas!, que ya sé dónde localizarte.
En
esos momentos llegó Marta, regalándome esos besos rutinarios que tanto me gustaban
y que los aceptaba sin valorarlos.
—
Te voy a presentar a mi mejor amiga; ella es Marta. Él es Andrés.
—
Encantado. Decidme ahora qué os traigo.
—
Dos cervezas bien frías.
Acabamos
las cervezas, la película posterior y la cena que coronó la noche. Durante ese
intervalo, Marta se enteró de todo el asunto referente al camarero que acababa
de conocer.
Andrés
me llamó dos días después y quedamos en vernos el lunes, que era el día que él
libraba. Me citó en su barrio, en una zona extrema a la mía. Cogí el metro; él
me esperaría en su salida. No sé por qué le oculté a Rubén que había quedado
con un antiguo amigo; yo no tenía nada que esconder y estaba convencida de que
no le hubiera importado. Pero por alguna extraña razón que no sabía, le escondí
la verdad.
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