lunes, 4 de noviembre de 2013

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS Capítulo 8

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo 8
En clase había una chica nueva. Yo no tenía costumbre de hablar con nadie en clase, así que, en la media hora del recreo, me dediqué a hacer dibujos en mi cuaderno. Noté que una persona corpulenta se puso delante de mí y, sin hablar, me invitó a levantar la cabeza para conocerla. Era rubia, con ojos color miel. Tenía la cara de una muñeca, con dulces facciones, y estaba un poco gordita:
— Dibujas muy bien —me sonrió.
— Gracias.
— ¿Eres nueva?
— No.
— Vaya, pero poco habladora, sí.
— Tampoco tengo mucho que decir.
— Por ejemplo, ¿tu nombre?
— Julia.
— Yo soy Marta.
De repente, pensé en Víctor, en lo desagradable que fui el primer día con él, y quise no cometer el mismo error con ella, así que le regalé una leve sonrisa que enseguida desapareció de mi rostro. Hacía poco que Marta había llegado de Valencia. Su padre era militar y le habían destinado a Madrid.
         Marta era muy cariñosa. Tenía mucha facilidad para abrazarme y besarme de una manera muy natural, como una necesidad, sin motivo aparente. Siempre sonreía. Y cantaba, cantaba mucho, incluso cuando tenía que estudiar; creo que lo hacía sin ser consciente de ello. Y sin venir a cuento me decía que me quería, y volvía a abrazarme. A mí me costaba mucho actuar así, aunque enseguida me hice adicta a sus muestras de cariño. Había heredado el mismo carácter abierto de su madre; en cambio, su padre me imponía miedo. Llegué casi a temerle, no sabía por qué; tenía un semblante recio y vasto, nada que ver con su mujer, ni su hija.
         Con Marta empecé a ver la vida de otro modo, más amable. Volví a estar a gusto compartiéndola  con alguien. Volví a reírme con ganas, con fuerza, con ilusión. Algunos días ni me acordaba de Víctor, y eso me dolía un poco, porque mi actitud la sentía como una  traición.
         Seguía acudiendo a la consulta de salud mental del hospital, y luego del centro médico del barrio. Primero desaparecieron las pastillas, y luego me dieron el alta definitiva. Mi tía me sonreía de vez en cuando. Su falsa amabilidad me desconcertaba, se notaba fingida, y no me hacía sentir nada bien, pero empecé a disimular yo también mi malestar con ella y le devolvía la sonrisa.
         Un día, Marta vino a merendar a mi casa, aprovechando que mis tíos de vez en cuando pasaban la tarde fuera. Mi amiga se ofreció a bajar a la pastelería de abajo para comprar algo que acompañara el café, que yo debía preparar.
         — ¡Llévate las llaves y así no me haces levantar! -la grité.
Encendí el fuego de la cocina y decidí sentarme a esperar en el butacón que había cercano a la ventana, recostándome sobre su respaldo. Era el sillón favorito de mi tío, cuando estaba en casa. Cogí un libro de la mesa camilla, y lo abrí por donde interrumpí la lectura el día anterior.
         De repente, se fue la luz. Me levanté torpemente y anduve hacia la cocina, donde recordaba que estaba la caja de los interruptores. En mi mente dibujé el camino y traté de salvar los obstáculos que hubiera: mesas, sillas… En la oscuridad vi una figura evanescente que levitaba hacia mí. Quedé paralizada por la sorpresa; abrí mucho los ojos, como si así la viera con más nitidez. No me lo podía creer: ¡era mi madre!, pero no como la recordaba siempre, sino con un aspecto más juvenil y sonriéndome:
— ¿Qué haces aquí? —acerté a preguntar, temblando.
— Hola, Julia, he venido a verte. Llevas mucho tiempo fuera de casa.
— ¿Qué haces aquí, mamá? —era lo único que quería saber de ella.
— Quería decirte que siempre te he querido, a ti y a tus hermanas. No lo olvides.
— ¿Y por qué no me lo dijiste cuando vivía con vosotros?
— Te quiero, no lo olvides.
Y desapareció la figura luminosa. Yo me desvanecí en el suelo, inconsciente.
         — ¡Julia! ¡Julia! ¡Despierta!
         Abrí los ojos; no sé cuánto tiempo permanecí allí tumbada en el suelo. Marta me ayudó a levantar. Volví a sentarme en el sillón, que noté frío. Miraba hacia todos los lados sin hablar. El recuerdo de la aparición de mi madre había resultado tan real… que lo de ahora me parecía un sueño; sí, un hermoso sueño. Me había encantado volver a ver a mi madre y olvidé lo malo de mi infancia.
— No sé qué me ha pasado. Me he dormido en el suelo, y he soñado con mi madre.
— ¿Con tu madre? Si llevas años sin saber de ella.
— Si, ya lo sé, pero…
El timbre del teléfono nos paralizó a las dos. Marta, que aún estaba de pie, levantó el auricular:
— ¿Si? Sí, ahora se pone.
Y me tendió el teléfono. Lo cogí y me lo coloqué en la oreja:
         — ¿Quién es?
         El sonido que venía del otro lado era opaco y confuso. “Julia, soy tu padre. No encuentro a tu madre. Últimamente la pierdo con facilidad. Le agarro del brazo y se me escapa. Y luego se esconde en los rincones más oscuros. No la veo. No, no la veo…”
         Otra vez me desvanecí. Cuando recuperé la consciencia, me volví, de nuevo, a encontrar tumbada en el sofá. Tenía a un médico tomándome la tensión y mirándome las pupilas dilatadas con una bombilla minúscula.
— De tensión está bien. Voy a pincharle el dedo para ver si tiene el azúcar alto.
— No, no —balbuceé un poco—. Estoy bien, de verdad.
— No tengas miedo; es solo un pinchazo.
— No es miedo, de verdad, enseguida me encontraré mejor.
El médico, a regañadientes, nos dejó solas en el piso.
— Niña, ¿qué te ha pasado?
Marta siempre me llamaba “niña”. Me gustaba; era una forma cariñosa de sentirla a mi lado, y eso me daba mucha seguridad.
— Es mejor que no te lo cuente.
— ¿Por qué? Me estás asustando.
— Porque hoy he…
Otra vez el puñetero teléfono nos interrumpió:
— Espera —le dije a mi amiga— si es para mí, pregunta primero quién es, ¿vale?
— Vale, vale.
Descolgó el aparato:
— Si, ¿de parte de quién, por favor? Espera —dirigiéndose a mí, y ofreciéndome el auricular—; es tu tía.
— Dime, tía, ¿qué tal? ¿Qué?
Colgué sin decir nada. Tarde bastante tiempo en reaccionar. Mis ojos se refugiaron en las baldosas del suelo, sin verlas. Mi mente funcionaba muy lentamente, y mi lengua estaba paralizada. Marta me preguntaba, pero yo no sabía responder; sus preguntas rebotaban en mí y no entraban en mis oídos.
         Optó por buscar en el teléfono el último número recibido y marcarle; habló con mi tía para enterarse de lo que había sucedido.
         Volvió de nuevo conmigo y me abrazó en silencio, como yo necesitaba en esos momentos, durante mucho tiempo. “Ya me he enterado, mi niña”, me repetía de una forma periódica, “lo siento mucho”.
         Después de años sin hablarse, mi madre agarró la escopeta de caza de mi padre, y según entraba éste por la puerta, le disparó dos tiros en la cabeza, para posteriormente introducirse ella misma el cañón humeante del arma por la boca y terminar el trabajo empezado. Era media tarde, aún de día, y el estruendo de los disparos alertó al único vecino que quedaba en Pizarro. Entró en la casa, temeroso y sabedor de lo que iba a encontrarse.
         Mis padres llevaban años sufriendo esa soledad en silencio, marcada por ellos mismos, cada uno por su lado, sin ser capaces de colaborar entre ellos para romperla. Eran dos náufragos que hacía tiempo que no coincidían en la misma playa de la isla en la que convivían.
         La noticia me impresionó sobremanera. Ya hacía años que yo no quería a mis padres, aprendí a abandonar ese sentimiento el mismo día que abandoné mi pueblo, con 16 años. Pero acababa de estar con mi madre en la misma salita de estar de mi piso de Madrid, y de hablar con mi padre, o por lo menos eso creía, porque yo ya no era capaz de discernir si todo estaba ocurriendo de verdad o era parte de una función macabra e  inventada que la vida estaba representando solo para mí, para atormentarme aún más.
         Preferí no hablar de este detalle con nadie, ni siquiera con Marta, que tan bien se estaba portando conmigo. Sentía que mi vida  siempre había significado una gran mentira.
         Al día siguiente, volví a ver a mis hermanas después de dos años sin saber nada de ellas, en el entierro de los viejos, en Pedraza del Arroyo.
         Las tres nos enlutamos como mandaba la tradición, solo por fuera, y acudimos a cumplir con el trámite que manda la sociedad.  La tía Victoria también nos acompañó. Recibimos multitud de palmaditas en la espalda y abrazos baratos. El negro riguroso pululaba en el ambiente. Ese día me enteré que mis hermanas corrieron la misma suerte que yo. También fueron acogidas por otros miembros de la familiar cuando María cumplió los trece años, y Cecilia, con doce. Así, sin más, sin dar ninguna explicación, por lo menos a quien se la merecía: a nosotras mismas. Y después de tanto tiempo, ¿qué nos importan ya los motivos? Quizá, mejor alejadas de ellos.

         Al concluir el evento, mi tía Mercedes, la hermana mayor de mi madre, nos invitó a un café en un bar cercano a las tres, y nos descubrió que mi padre había ejercido tanta presión sobre mi madre que la había  anulado por completo como persona, y ella había sido incapaz de reaccionar de otra forma que no fuera el silencio; que debería haber acudido a un profesional para que le ayudara, pero ella se cerraba en banda y no atendía a razones. Y que este final había sido sorprendente, pero lógico, al fin y al cabo. Yo ya tenía 18 años, y seguía sin entender absolutamente nada. 

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