QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo
8
En
clase había una chica nueva. Yo no tenía costumbre de hablar con nadie en
clase, así que, en la media hora del recreo, me dediqué a hacer dibujos en mi
cuaderno. Noté que una persona corpulenta se puso delante de mí y, sin hablar,
me invitó a levantar la cabeza para conocerla. Era rubia, con ojos color miel.
Tenía la cara de una muñeca, con dulces facciones, y estaba un poco gordita:
—
Dibujas muy bien —me sonrió.
—
Gracias.
—
¿Eres nueva?
—
No.
—
Vaya, pero poco habladora, sí.
—
Tampoco tengo mucho que decir.
—
Por ejemplo, ¿tu nombre?
—
Julia.
—
Yo soy Marta.
De
repente, pensé en Víctor, en lo desagradable que fui el primer día con él, y
quise no cometer el mismo error con ella, así que le regalé una leve sonrisa
que enseguida desapareció de mi rostro. Hacía poco que Marta había llegado de
Valencia. Su padre era militar y le habían destinado a Madrid.
Marta era muy cariñosa. Tenía mucha
facilidad para abrazarme y besarme de una manera muy natural, como una
necesidad, sin motivo aparente. Siempre sonreía. Y cantaba, cantaba mucho,
incluso cuando tenía que estudiar; creo que lo hacía sin ser consciente de ello. Y sin venir a cuento me decía que me quería, y volvía a
abrazarme. A mí me costaba mucho actuar así, aunque enseguida me hice adicta a
sus muestras de cariño. Había heredado el mismo carácter abierto de su madre; en
cambio, su padre me imponía miedo. Llegué casi a temerle, no sabía por qué;
tenía un semblante recio y vasto, nada que ver con su mujer, ni su hija.
Con Marta empecé a ver la vida de otro
modo, más amable. Volví a estar a gusto compartiéndola con alguien. Volví a reírme con ganas, con
fuerza, con ilusión. Algunos días ni me acordaba de Víctor, y eso me dolía un
poco, porque mi actitud la sentía como una traición.
Seguía acudiendo a la consulta de salud
mental del hospital, y luego del centro médico del barrio. Primero desaparecieron
las pastillas, y luego me dieron el alta definitiva. Mi tía me sonreía de vez
en cuando. Su falsa amabilidad me desconcertaba, se notaba fingida, y no me
hacía sentir nada bien, pero empecé a disimular yo también mi malestar con ella
y le devolvía la sonrisa.
Un día, Marta vino a merendar a mi
casa, aprovechando que mis tíos de vez en cuando pasaban la tarde fuera. Mi amiga
se ofreció a bajar a la pastelería de abajo para comprar algo que acompañara el
café, que yo debía preparar.
— ¡Llévate las llaves y así no me haces
levantar! -la grité.
Encendí
el fuego de la cocina y decidí sentarme a esperar en el butacón que había
cercano a la ventana, recostándome sobre su respaldo. Era el sillón favorito de
mi tío, cuando estaba en casa. Cogí un libro de la mesa camilla, y lo abrí por
donde interrumpí la lectura el día anterior.
De repente, se fue la luz. Me levanté
torpemente y anduve hacia la cocina, donde recordaba que estaba la caja de los
interruptores. En mi mente dibujé el camino y traté de salvar los obstáculos
que hubiera: mesas, sillas… En la oscuridad vi una figura evanescente que
levitaba hacia mí. Quedé paralizada por la sorpresa; abrí mucho los ojos, como
si así la viera con más nitidez. No me lo podía creer: ¡era mi madre!, pero no
como la recordaba siempre, sino con un aspecto más juvenil y sonriéndome:
—
¿Qué haces aquí? —acerté a preguntar, temblando.
—
Hola, Julia, he venido a verte. Llevas mucho tiempo fuera de casa.
—
¿Qué haces aquí, mamá? —era lo único que quería saber de ella.
—
Quería decirte que siempre te he querido, a ti y a tus hermanas. No lo olvides.
—
¿Y por qué no me lo dijiste cuando vivía con vosotros?
—
Te quiero, no lo olvides.
Y
desapareció la figura luminosa. Yo me desvanecí en el suelo, inconsciente.
— ¡Julia! ¡Julia! ¡Despierta!
Abrí los ojos; no sé cuánto tiempo
permanecí allí tumbada en el suelo. Marta me ayudó a levantar. Volví a sentarme
en el sillón, que noté frío. Miraba hacia todos los lados sin hablar. El
recuerdo de la aparición de mi madre había resultado tan real… que lo de ahora
me parecía un sueño; sí, un hermoso sueño. Me había encantado volver a ver a mi
madre y olvidé lo malo de mi infancia.
—
No sé qué me ha pasado. Me he dormido en el suelo, y he soñado con mi madre.
—
¿Con tu madre? Si llevas años sin saber de ella.
—
Si, ya lo sé, pero…
El
timbre del teléfono nos paralizó a las dos. Marta, que aún estaba de pie,
levantó el auricular:
—
¿Si? Sí, ahora se pone.
Y
me tendió el teléfono. Lo cogí y me lo coloqué en la oreja:
— ¿Quién es?
El sonido que venía del otro lado era
opaco y confuso. “Julia, soy tu padre. No encuentro a tu madre. Últimamente la
pierdo con facilidad. Le agarro del brazo y se me escapa. Y luego se esconde en
los rincones más oscuros. No la veo. No, no la veo…”
Otra vez me desvanecí. Cuando recuperé
la consciencia, me volví, de nuevo, a encontrar tumbada en el sofá. Tenía a un
médico tomándome la tensión y mirándome las pupilas dilatadas con una bombilla
minúscula.
—
De tensión está bien. Voy a pincharle el dedo para ver si tiene el azúcar alto.
—
No, no —balbuceé un poco—. Estoy bien, de verdad.
—
No tengas miedo; es solo un pinchazo.
—
No es miedo, de verdad, enseguida me encontraré mejor.
El
médico, a regañadientes, nos dejó solas en el piso.
—
Niña, ¿qué te ha pasado?
Marta
siempre me llamaba “niña”. Me gustaba; era una forma cariñosa de sentirla a mi
lado, y eso me daba mucha seguridad.
—
Es mejor que no te lo cuente.
—
¿Por qué? Me estás asustando.
—
Porque hoy he…
Otra
vez el puñetero teléfono nos interrumpió:
—
Espera —le dije a mi amiga— si es para mí, pregunta primero quién es, ¿vale?
—
Vale, vale.
Descolgó
el aparato:
—
Si, ¿de parte de quién, por favor? Espera —dirigiéndose a mí, y ofreciéndome el
auricular—; es tu tía.
—
Dime, tía, ¿qué tal? ¿Qué?
Colgué
sin decir nada. Tarde bastante tiempo en reaccionar. Mis ojos se refugiaron en
las baldosas del suelo, sin verlas. Mi mente funcionaba muy lentamente, y mi
lengua estaba paralizada. Marta me preguntaba, pero yo no sabía responder; sus
preguntas rebotaban en mí y no entraban en mis oídos.
Optó por buscar en el teléfono el último número
recibido y marcarle; habló con mi tía para enterarse de lo que había sucedido.
Volvió de nuevo conmigo y me abrazó en
silencio, como yo necesitaba en esos momentos, durante mucho tiempo. “Ya me he
enterado, mi niña”, me repetía de una forma periódica, “lo siento mucho”.
Después de años sin hablarse, mi madre
agarró la escopeta de caza de mi padre, y según entraba éste por la puerta, le
disparó dos tiros en la cabeza, para posteriormente introducirse ella misma el
cañón humeante del arma por la boca y terminar el trabajo empezado. Era media
tarde, aún de día, y el estruendo de los disparos alertó al único vecino que
quedaba en Pizarro. Entró en la casa,
temeroso y sabedor de lo que iba a encontrarse.
Mis padres llevaban años sufriendo esa
soledad en silencio, marcada por ellos mismos, cada uno por su lado, sin ser
capaces de colaborar entre ellos para romperla. Eran dos náufragos que hacía
tiempo que no coincidían en la misma playa de la isla en la que convivían.
La noticia me impresionó sobremanera.
Ya hacía años que yo no quería a mis padres, aprendí a abandonar ese
sentimiento el mismo día que abandoné mi pueblo, con 16 años. Pero acababa de estar
con mi madre en la misma salita de estar de mi piso de Madrid, y de hablar con
mi padre, o por lo menos eso creía, porque yo ya no era capaz de discernir si
todo estaba ocurriendo de verdad o era parte de una función macabra e inventada que la vida estaba representando
solo para mí, para atormentarme aún más.
Preferí no hablar de este detalle con
nadie, ni siquiera con Marta, que tan bien se estaba portando conmigo. Sentía
que mi vida siempre había significado
una gran mentira.
Al día siguiente, volví a ver a mis
hermanas después de dos años sin saber nada de ellas, en el entierro de los
viejos, en Pedraza del Arroyo.
Las tres nos enlutamos como mandaba la
tradición, solo por fuera, y acudimos a cumplir con el trámite que manda la
sociedad. La tía Victoria también nos
acompañó. Recibimos multitud de palmaditas en la espalda y abrazos baratos. El
negro riguroso pululaba en el ambiente. Ese día me enteré que mis hermanas corrieron la misma suerte que yo. También fueron acogidas por otros
miembros de la familiar cuando María cumplió los trece años, y Cecilia, con
doce. Así, sin más, sin dar ninguna explicación, por lo menos a quien se la
merecía: a nosotras mismas. Y después de tanto tiempo, ¿qué nos importan ya los
motivos? Quizá, mejor alejadas de ellos.
Al concluir el evento, mi tía Mercedes,
la hermana mayor de mi madre, nos invitó a un café en un bar cercano a las
tres, y nos descubrió que mi padre había ejercido tanta presión sobre mi madre
que la había anulado por completo como
persona, y ella había sido incapaz de reaccionar de otra forma que no fuera el
silencio; que debería haber acudido a un profesional para que le ayudara, pero
ella se cerraba en banda y no atendía a razones. Y que este final había sido
sorprendente, pero lógico, al fin y al cabo. Yo ya tenía 18 años, y seguía sin
entender absolutamente nada.
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