QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo
3
Mis
tíos formaban una pareja rara. Mi tía Victoria era la hermana pequeña de mi
madre. Mi tío Antonio, su marido, era representante de cosméticos y no paraba
mucho en casa. Venía dos o tres veces por semana, cenaba y se metían los dos muy
pronto en su dormitorio. Era como un ritual; primero entraba él y luego, ella.
Las risas y los gemidos duraban bastante rato, aunque cada vez se apagaban antes.
Él salía al cuarto de baño, tiraba de la cadena y volvía a la habitación. Y luego ya toda la casa se mantenía en silencio hasta el día siguiente. De cara a
la vecindad, eran un matrimonio perfecto; “lástima que Dios los castigara sin
hijos”, oí un día comentar a la chismosa de la portera que vivía en el piso de
abajo. Cada uno vivía en mundos diferentes y paralelos, y solo sabían mirarse a
sí mismos. Mi tía necesitaba amor, y él solo sabía darle sexo.
Mi
tío ganaba tanto dinero como ella despilfarraba comprándose ropa cara que solo lucía en casa, porque rara
vez salía a tomar algo con alguna amiga. El maquillaje le salía gratis, gracias
a las muestras que le facilitaba su marido. También almacenaba zapatos y bolsos
en su armario. Era una mujer vacía por dentro, que se acicalaba por fuera.
A
mi tío Antonio le gustaba pasear con su mujer a la hora del aperitivo de los
domingos, antes de comer, cuando la plaza de abajo estaba llena de gente. Le
gustaba exhibirla como un trofeo delante de los amigos, sabedor de los secretos
deseos que ella provocaba al pasar.
Cuando
él no estaba en casa, por las tardes, mi tía Victoria escuchaba radionovelas,
tumbada en su cama, con la puerta cerrada a cal y canto.
En
aquel portal solo había cinco viviendas; dos pisos por planta, más el de la
portera, que vivía en la planta baja del edificio, con su marido. El señor se
pasaba gran parte del día en su propio patio, sin ninguna otra ocupación que
fumar, beber, eructar y ventosearse de una forma estrepitosa.
Nosotros
ocupábamos el primero derecha. A mí me irritaban los gemidos desesperados y
monótonos de la pareja que vivía en el piso de al lado, y ese cabecero de la
cama golpeando, casi a la misma hora, todas las noches, el lado opuesto de la
pared de mi habitación.
Me exasperaba, igual, el sonido de los
tacones de la vecina de arriba subir las escaleras a las mil de la noche, con
ritmo decadente, cada vez menos sonoros, que no desaparecían hasta llegar a su
dormitorio, donde se los quitaba y los dejaba caer provocando un estrépito
peor.
Cuando llegó septiembre, comencé a ir
al instituto. Era un edificio sórdido, sucio, de tres plantas. Nada parecido al
que yo estaba acostumbrada a asistir desde pequeña.
El
primer día conocí a Víctor; él, marginado por ser homosexual, y yo, por ser la
nueva. Víctor se sentaba al final de la clase para pasar desapercibido, y yo
también, porque era el único sitio que quedaba libre. Los dos primeros días no
nos dirigimos la palabra para nada, porque tampoco era necesario, pero el
tercero Víctor me miró y me preguntó:
— ¿Tú
eres lesbiana?
— No — contesté.
— En
esta clase hay mucho gilipollas suelto.
— Ya
me he dado cuenta.
— Por
cierto, me llamo Víctor.
— Ya
lo sé.
No
sé por qué me empeñaba en ser antipática. Estaba claro que no era como los
demás, y él sí estaba intentando ser amable conmigo, o quizá buscara en mí una
amiga, una aliada o alguien con quien poder hablar, sin más.
Víctor
era la clase de personas que nunca proponía nada; todo lo que yo dijera le
parecía bien. Era una persona muy perdida, pero sin intención de encontrarse. Y
muy conformista. Volvíamos de clase todas las tardes y nos encerrábamos en mi
cuarto a estudiar y a escuchar música. Nos tumbábamos en mi cama y poníamos el
aparato de música a un volumen que a mi tía nunca le parecía el correcto.
Víctor
era hijo único. Sus padres tenían pasta para aburrir; eran controlador aéreo y
azafata, y una casa de 200 metros cuadrados , que les sobraba la mitad.
Nunca estaban allí. Yo no llegué a conocerlos más que a través de las fotos que
tenían en el salón, uniformados y muy sonrientes. “Ya podíais ir alguna vez a
casa de Víctor”, sugería mi tía cuando éste no estaba, “al final nos
denunciarán los vecinos”. Tenía razón; allí no había nadie a quien pudiéramos
molestar con nuestra música, pero sin saber por qué siempre acabábamos, otra
tarde más, tumbados en mi dormitorio con la música a todo trapo.
Víctor
era un chico estupendo; todo lo que hacíamos, y lo que no, dependía de mi
decisión, que siempre aceptaba con una sonrisa de ángel. Nunca me había sentido
tan a gusto con nadie en mi vida, y a mí jamás me habían prestado tanta
atención como él lo hacía. Yo hablaba todo el día; le contaba hasta si me había
gustado la comida ese día. Él solo escuchaba. A veces me decía, entre risas,
que no comprendía que en casa de mis
padres apenas hablara, y ahora no sabía callarme. Mi nuevo amigo empezó a saber
más de mí que yo misma.
Yo
no entendía que los chicos no se fijaran en él; a mí me parecía muy atractivo. Alto,
fuerte, quizá demasiado blancuzco, y rubio. Su sonrisa me cautivaba en
silencio, y el hoyito de su barbilla más, todavía. Aunque decidí no decírselo
nunca. Las personas no se enamoran de sus amigos, o, al menos, yo no estaba
dispuesta a hacerlo.