lunes, 30 de septiembre de 2013

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS Capítulo 3

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo 3
Mis tíos formaban una pareja rara. Mi tía Victoria era la hermana pequeña de mi madre. Mi tío Antonio, su marido, era representante de cosméticos y no paraba mucho en casa. Venía dos o tres veces por semana, cenaba y se metían los dos muy pronto en su dormitorio. Era como un ritual; primero entraba él y luego, ella. Las risas y los gemidos duraban bastante rato, aunque cada vez se apagaban antes. Él salía al cuarto de baño, tiraba de la cadena y volvía a la habitación. Y luego ya toda la casa se mantenía en silencio hasta el día siguiente. De cara a la vecindad, eran un matrimonio perfecto; “lástima que Dios los castigara sin hijos”, oí un día comentar a la chismosa de la portera que vivía en el piso de abajo. Cada uno vivía en mundos diferentes y paralelos, y solo sabían mirarse a sí mismos. Mi tía necesitaba amor, y él solo sabía darle sexo.
Mi tío ganaba tanto dinero como ella despilfarraba comprándose  ropa cara que solo lucía en casa, porque rara vez salía a tomar algo con alguna amiga. El maquillaje le salía gratis, gracias a las muestras que le facilitaba su marido. También almacenaba zapatos y bolsos en su armario. Era una mujer vacía por dentro, que se acicalaba por fuera.
A mi tío Antonio le gustaba pasear con su mujer a la hora del aperitivo de los domingos, antes de comer, cuando la plaza de abajo estaba llena de gente. Le gustaba exhibirla como un trofeo delante de los amigos, sabedor de los secretos deseos que ella provocaba al pasar.
Cuando él no estaba en casa, por las tardes, mi tía Victoria escuchaba radionovelas, tumbada en su cama, con la puerta cerrada a cal y canto.
En aquel portal solo había cinco viviendas; dos pisos por planta, más el de la portera, que vivía en la planta baja del edificio, con su marido. El señor se pasaba gran parte del día en su propio patio, sin ninguna otra ocupación que fumar, beber, eructar y ventosearse de una forma estrepitosa.
Nosotros ocupábamos el primero derecha. A mí me irritaban los gemidos desesperados y monótonos de la pareja que vivía en el piso de al lado, y ese cabecero de la cama golpeando, casi a la misma hora, todas las noches, el lado opuesto de la pared de mi habitación.
         Me exasperaba, igual, el sonido de los tacones de la vecina de arriba subir las escaleras a las mil de la noche, con ritmo decadente, cada vez menos sonoros, que no desaparecían hasta llegar a su dormitorio, donde se los quitaba y los dejaba caer provocando un estrépito peor.
         Cuando llegó septiembre, comencé a ir al instituto. Era un edificio sórdido, sucio, de tres plantas. Nada parecido al que yo estaba acostumbrada a asistir desde pequeña.
El primer día conocí a Víctor; él, marginado por ser homosexual, y yo, por ser la nueva. Víctor se sentaba al final de la clase para pasar desapercibido, y yo también, porque era el único sitio que quedaba libre. Los dos primeros días no nos dirigimos la palabra para nada, porque tampoco era necesario, pero el tercero Víctor me miró y me preguntó:
  ¿Tú eres lesbiana?
  No  — contesté.
  En esta clase hay mucho gilipollas suelto.
  Ya me he dado cuenta.
  Por cierto, me llamo Víctor.
  Ya lo sé.
No sé por qué me empeñaba en ser antipática. Estaba claro que no era como los demás, y él sí estaba intentando ser amable conmigo, o quizá buscara en mí una amiga, una aliada o alguien con quien poder hablar, sin más.
Víctor era la clase de personas que nunca proponía nada; todo lo que yo dijera le parecía bien. Era una persona muy perdida, pero sin intención de encontrarse. Y muy conformista. Volvíamos de clase todas las tardes y nos encerrábamos en mi cuarto a estudiar y a escuchar música. Nos tumbábamos en mi cama y poníamos el aparato de música a un volumen que a mi tía nunca le parecía el correcto.
Víctor era hijo único. Sus padres tenían pasta para aburrir; eran controlador aéreo y azafata, y una casa de 200 metros cuadrados, que les sobraba la mitad. Nunca estaban allí. Yo no llegué a conocerlos más que a través de las fotos que tenían en el salón, uniformados y muy sonrientes. “Ya podíais ir alguna vez a casa de Víctor”, sugería mi tía cuando éste no estaba, “al final nos denunciarán los vecinos”. Tenía razón; allí no había nadie a quien pudiéramos molestar con nuestra música, pero sin saber por qué siempre acabábamos, otra tarde más, tumbados en mi dormitorio con la música a todo trapo.
Víctor era un chico estupendo; todo lo que hacíamos, y lo que no, dependía de mi decisión, que siempre aceptaba con una sonrisa de ángel. Nunca me había sentido tan a gusto con nadie en mi vida, y a mí jamás me habían prestado tanta atención como él lo hacía. Yo hablaba todo el día; le contaba hasta si me había gustado la comida ese día. Él solo escuchaba. A veces me decía, entre risas, que no  comprendía que en casa de mis padres apenas hablara, y ahora no sabía callarme. Mi nuevo amigo empezó a saber más de mí que yo misma.

Yo no entendía que los chicos no se fijaran en él; a mí me parecía muy atractivo. Alto, fuerte, quizá demasiado blancuzco, y rubio. Su sonrisa me cautivaba en silencio, y el hoyito de su barbilla más, todavía. Aunque decidí no decírselo nunca. Las personas no se enamoran de sus amigos, o, al menos, yo no estaba dispuesta a hacerlo.

lunes, 23 de septiembre de 2013

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS Capítulo 2

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo 2
         Cuando cumplí los dieciséis años, me mandaron a vivir con mi tía Victoria, a Madrid, para que estudiara y me labrara un futuro, porque allí nunca lo tendría. A esa edad, dejé mi pueblo, mi infancia y a mis hermanas; me enfrentaba a lo desconocido de la gran cuidad, y eso me asustaba mucho.
         Nadie, antes, me había comunicado mi viaje; yo estaba sentada con mis hermanas en el frío suelo de la cocina para aliviar el calor infernal de una tarde del mes de agosto, cuando oímos chirriar los frenos de un coche. Era el de mi tío Antonio, que se detuvo delante de la puerta. Nos levantamos,  rápidamente, las tres a mirar por la ventana quién venía a casa. Le vimos entrar en la casa sin que nadie le abriera la puerta. Yo apenas le conocía, pero él si parecía recordarme perfectamente. Se detuvo delante de mí y me dijo:
  ¡Vámonos!
  ¿Adónde? — logré preguntar, sorprendida.
  A Madrid, conmigo.
Miré desesperadamente a mi madre, pidiéndole explicaciones con la mirada, pero ella ni levantó la vista del suelo. Yo no quería ir, pero no me atreví a protestar. Encontré una bolsa de rafia azul que había colgada detrás de la puerta de la cocina, que no recuerdo que nadie la utilizara jamás; fui a mi dormitorio y metí en ella toda la ropa que tenía, que no era mucha, y me planté delante del tío Antonio, sin decir nada, con la cabeza agachada. No podía ver nítidamente porque tenía los ojos acuosos.
         En casa nunca hablábamos, pero en esos momentos necesité alguna palabra de alguien, aunque fuera vacía.
         Miré hacia atrás. El pueblo se estaba quedando a mi espalda, dejando las casas cada vez más pequeñas. Me giré hacia delante. El camino me resultaba al principio familiar, pero luego, distinto. Jamás había abandonado mi tierra natal, y estaba convencida de que jamás volvería. De repente, dejé de pertenecer al mundo que me cobijó durante estos 16 años. Árboles, piedras, y, de vez en cuando, un coche de frente. Hasta que llegamos a la autopista: ahí era todo igual.
Cerré los ojos como queriendo olvidar lo que estaba sucediendo; “un mal sueño lo tiene cualquiera”, pensé, pero este no tenía visos de acabar pronto. Nada me parecía ni real ni de ficticio, y tampoco yo era capaz de sentir algo reconocible, como si, de repente, me hubiera salido de mi cuerpo y fuera una mera espectadora de mi propio yo.
         Durante las tres largas horas que duró el viaje, no cruzamos ninguna palabra mi tío y yo. Solo veía pasar kilómetros de campo estéril a través del cristal de la ventanilla, buceando en el rencor hacia el maltrato psicológico que mi padre había ejercido en mí y la silenciosa indiferencia de mi madre, que nunca entendí.
         Subí, con miedo, las viejas escaleras del portal de mi nueva casa. Por lo visto, el ascensor llevaba un tiempo estropeado. La barandilla de hierro semioxidado me indicaba que debía seguir subiendo, hasta que mi tío Antonio me dijo: “Es aquí”. Esperé a que la puerta se abriera, después de oírse dos veces girar el bombín de la cerradura. El pasillo olía a tortilla de patatas, y mi tía Victoria, que salió a saludarme, a perfume caro.
Mi nueva casa no era muy grande; un salón, perfectamente cuadrado, distribuía la cocina, una terraza que daba a la calle y un pasillo que albergaba dos habitaciones y el cuarto de baño. Sus muebles eran antiguos, pero no parecían castigados por el uso. Una vitrina exponía una vajilla inglesa con grabados azules y dos figuras de porcelana representando una pareja de chulapos que parecía adelantada a su tiempo.
Mi tía me acompañó a mi habitación, estrecha y con las paredes desnudas. “Aquí estarás bien”, me dijo, con desgana. Cerró la puerta cuando salió. Deposité la bolsa en el suelo y me senté en la cama. Noté muy áspera la colcha al contacto con mis piernas. Mi habitación tenía menos lujos que la celda de Santa Teresa de Jesús, entre un camastro sin mesilla, una mesa, una silla y una estantería sin libros llenaban la estancia. En lugar de cortina, un visillo dejaba vislumbrar desde fuera lo que sucedía en el interior, sin la más mínima protección a la intimidad. Pero estaba todo limpio.
         Me tumbé en la cama y miré al techo, nerviosa, durante mucho rato, como si quisiera descubrir en él algo que no fuera una superficie de yeso blanco. Y de repente, lo descubrí; vi claramente el rostro de mi madre, que seguía sin llorar. Yo lo estaba haciendo por las dos, y tal vez mis hermanas también me estuvieran echando de menos.
         Esa misma noche cené con un matrimonio que tampoco quería ejercer de padres. No pegué ojo ni esa ni ninguna noche durante la primera semana, por el calor de fuera y el dolor de dentro.
         Los días siguientes fueron tediosos, pero a la vez vertiginosos. En casa me aburría como una ostra. Cuando mi tía me aconsejaba que saliera a la calle y me diera una vuelta,  me atronaba el sonido ambiente de la calle, de los coches, de la gente hablando y riéndose con mucha vitalidad. Jamás había oído tanto ruido en mi vida. Me molestaba todo. Me encontraba perdida. Por primera vez en mi vida, tuve una sensación de inseguridad ante todo lo que me estaba pasando, me sentí inmersa en el más absoluto abandono.
         Yo pasaba mucho tiempo dentro de mi habitación porque no sabía de qué hablar con mi tía, ni ella tampoco iniciaba ninguna conversación conmigo, así que cuando nos cruzábamos en el salón, nos saludábamos en voz baja, dirigiendo la mirada a las baldosas del suelo.
         No me gustaba demasiado salir a la calle. El aire caluroso y pesado de Madrid, y el ritmo que allí se respiraba me hacía sudar aún más, y en ocasiones, notaba una sensación de mareo y sopor, que me agobiaba en exceso. Me hacía sentir vértigo; y el olor, tan intenso y nada definido, me daba asco, hasta que empecé a vivir con él.
         Poco a poco perdí las imágenes que tenía en la cabeza, las que dolían de verdad, las de mi casa. También olvidé la cara de mi madre, pese a que yo me empeñaba en recordarla. Me concentraba y solo conseguía visualizar alguien con el mismo cuerpo que la señora silenciosa que había dejado atrás, pero sin cara, con un gran hueco ovalado que unía el cuello con el pelo.

Notaba que todo mi mundo era ficticio, que no correspondía a la realidad, o por lo menos a mi nueva realidad.

lunes, 16 de septiembre de 2013

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS Capítulo 1

Capítulo 1
         Nací en la familia equivocada, en una noche tan fría como lo fue mi infancia. Mis padres nunca se quisieron; ni supieron querer a ninguna de las tres hijas que tuvieron. Nos echaron al mundo, nos vistieron y nos dieron de comer. Y ahí acabó todo su trabajo.
Recuerdo a mi padre, alto y delgado, rudo, parco en palabras, salir todas las mañanas, fuera verano o invierno, hiciera sol o tronara, y volver a la hora de la cena, sin dar ninguna explicación a nadie. Su arma preferida era el silencio, y así nos castigaba a todas. De vez en cuando traía dinero que dejaba encima del aparador situado en el pasillo que distribuía los dormitorios. Nunca supe su oficio, ni si tenía más habilidades que mantenernos alejados de su vida, fuera la que fuese.
         Mi madre, de poca estatura y gruesa, siempre vestida de un negro riguroso, portaba una sumisión aparentemente fingida, y peinaba una gran mata de cabello hacia atrás, bien apretado en un moño que parecía no deshacerse nunca. Ella madrugaba todas las mañanas, cumplía con los quehaceres del hogar, y se sentaba a hacer ganchillo al lado de la ventana del salón, como un autómata. Y, acto seguido, se encerraba en su mundo.
         Yo fui su primer estorbo; después, nació María, y, por último, Cecilia. Y lo hicimos sin ruidos, para no perturbar el silencio que  siempre reinaba en esa casa, en un pequeño pueblo donde no había ni escuela, ni comercio, Pizarro, con unas cinco casas ocupadas, a unos siete kilómetros de Pedraza del Arroyo.
         Mis hermanas y yo apenas nos llevábamos un año de una a otra; siempre juntas, para discutir y para jugar. Como mi madre siempre estaba enfrascada en sus pensamientos lejanos y su ganchillo, nosotras nos subíamos al desván, que tenía el tejado medio derruido, revolviendo entre trapos y trastos viejos, fingiendo ser quienes no éramos, y tener la edad que no teníamos, y así no molestábamos a nadie durante horas.
         Pizarro era una agrupación de casas abandonadas, irregulares, grises, mezcladas con la hierba silvestre que nace entre las piedras. La mayoría estaban en ruinas. Solo quedaban cinco casas con inquilinos; mis vecinos eran matrimonios mayores que esperaban, tranquilamente, el cese de sus servicios en este mundo. Sus hijos hacía tiempo que se habían ido a vivir a las grandes ciudades.
         Mi casa estaba en el centro del pueblo y lindaba a cada lado con los vestigios de otras casas; columnas sin ningún orden y piedras dispuestas como si fueran dados tirados al azar, en una gran mesa de juego. La mía era la más alta, porque teníamos dos pisos. En el salón teníamos un teléfono (un aparato negro muy antiguo que nunca sonaba), y una televisión de la misma época, más o menos, en la que se veía todo en blanco y negro, pero con la imagen muy nítida. Los dos sofás que custodiaban el tresillo del centro eran de escay rojo, con flores. Sin duda, el tiempo se paralizó en ese habitáculo una tarde de hace muchas décadas, y se quedó a vivir con nosotros. Bueno, en realidad el tiempo se detuvo en esos dos kilómetros cuadrados que ocupaba el pueblo.
         Nunca entendí por qué no nos trasladábamos a vivir a Pedraza porque aquí no había nada, y allí, todo. Cuando tuvimos edad escolar, José, el único vecino que aún seguía en activo laboralmente, se encargaba de llevarnos todas las mañanas a clase, porque él regentaba una carnicería en Pedraza de Arroyo:  
— ¿Quiere que le traiga algo del pueblo, Señora Brigi? — le canturreaba a mi madre, con una alegría disonante en el entorno.
— No, nada — respondía, sin apenas mirarle.
Mi madre nos preparaba la comida todos los días, y la comíamos con la profesora en la misma aula que impartía las clases; por la tarde teníamos que esperar a que nuestro conductor finalizara su jornada laboral para poder volver a casa, sobre las ocho de la tarde. Y más tarde, llegaba mi padre a casa; sin saludar ni dirigir la palabra a nadie, se sentaba a la mesa de la cocina y esperaba a que le pusieran el plato con comida delante.
La vida en Pedraza era bulliciosa, y esa agitación serpenteaba por todas sus calles, sin descanso. Yo, en clase, tenía dos amigas, Begoña y Luisa. Ellas siempre me acompañaban hasta que pasaba José con el carro. Las envidiaba por tener unas madres que ejercían de madres, con las que se reían, hablaban… y disfrutaban. La mía, sin embargo, deambulaba por la casa como si fuera un alma en pena, con la mirada perdida, siempre pensativa, ausente. A veces me la imaginaba con una sonrisa y no la reconocía; y soñaba con una mujer que hablaba, bailaba, me miraba a los ojos… pero con el rostro de mi madre. Y me despertaba, agitada, llorando.
El camino que separaba los dos pueblos era un sendero irregular, de tierra, con piedras desperdigadas a los largo de los siete kilómetros que duraba el trayecto. El burro que tiraba del vehículo de madera, ya castigado por la edad, nos hacía interminable la vuelta.
Alguna vez, muy pocas, viajábamos a Valladolid en un ruidoso tren, con mi madre. Tardábamos casi cuatro horas en llegar; salíamos el sábado muy pronto, hacíamos noche en casa de sus primos, y nos volvíamos por la tarde del domingo. Recuerdo que en esos trenes olía a calor concentrado, mezclado con el del plástico de los asientos, y de algún vómito accidental que no se había limpiado demasiado bien.
         Mis padres eran mayores que los padres de mis amigas, o por lo menos eso me parecía a mí. Se debieron de conocer el día en que murieron los dos, aunque siguieran respirando. Nunca se sonrieron ni por dentro, ni por fuera. Ni se hablaban, ni se miraban a la cara; nosotras también aprendimos, de manera inconsciente, a observar la vida así, de reojo. En casa, nunca gritábamos, como hacían el resto de los críos de nuestra edad; aprendimos a callar todo el día, a no expresar ni alegría ni tristeza, ni amor ni odio… todo nos lo guardábamos en lo más profundo de nuestro corazón.

“QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS”
PRÓLOGO

         He querido estrenar mi blog con un relato costumbrista, fresco, fácil de leer, dinámico y, sobre todo, corto para no aburrir al lector con detalles minuciosos, ya que es una lectura por entregas, y creo que el formato requiere ir directamente a la narración de los hechos, sin más dilación. Y lo he dividido en 12 capítulos que se enlazan. Como es lógico, he prescindido de algunos rasgos que caracterizan la novela larga.
         Se trata de la historia de Julia, una chica de 16 años, que ha tenido una infancia difícil, y que, de repente, se encuentra viviendo en la ciudad, con unos tíos a los que apenas conoce. El cambio de vida tampoco le va a conducir por un camino mejor. El paradójico título refleja perfectamente sus sentimientos; por un lado, el calificativo puta tiene connotaciones negativas, ya que es la expresión de desahogo más recurrente que se emplea cuando las cosas no van demasiado bien, y, por otro, la protagonista ama esa vida a la que está maldiciendo.
         El enunciado del relato parece sacado de la cabecera de un diario, pero no pretende ser tal, ya que, aunque está escrito en primera persona, solo tiene la intención de contar los acontecimientos más importantes de la vida de una muchacha a la que todo parece salirle mal, mezclando la voz narrativa dramática con algún tinte cómico.

         Espero que os guste.