lunes, 25 de noviembre de 2013

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS Capítulo 11

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo 11
         Tardé como quince días en recuperar esa sonrisa que tanto me pedían Rubén y Marta. Tardé ese mismo tiempo también en reunir fuerzas para contárselo a mi tía, que lloró amargamente delante de mí.
         El fuerte sonido del teléfono me despertó de la siesta:
— ¿Te apetece un cine esta noche? —el entusiasmo de Marta era contagioso—. Hace mucho que no vamos, y me apetece un montón —me concedí  una pausa para procesar la información, aún somnolienta, y seguí escuchando—: prometo llevarte a ver una película en español.
— Vale —le despaché una sonrisa barata—. ¿A qué hora quedamos y dónde?
— En la cafetería que hay enfrente del cine, ¿vale? Quedamos a las seis y decidimos la película —Asentí con la cabeza, sin darme cuenta que Marta no podía ver mi gesto de aprobación—. Bueno, dime, ¿sí o sí?
— ¿Tengo otra opción? —bromeé.
— Vale, pues. No te pongas demasiado guapa que me eclipsas.
— Intentaré afearme un poquito más, si cabe.
Llegué a esa céntrica y concurrida cafetería antes de la hora. Busqué, con la mirada, una mesa libre cercana al ventanal que anuncia el nombre del establecimiento serigrafiado en el cristal, pero no había sitio. Solo quedaba una mesa en el rincón del fondo, cercano a los cuartos de baño. Me senté y esperé a Marta. Busqué en mi bolso un cuadernillo de crucigramas para entretenerme.
— ¿Qué quiere tomar? —me preguntó uno de los tipos vestidos con camisa blanca impoluta y pantalón negro azabache.
— Estoy esperan… -ante mi sorpresa, no pude terminar la frase—, ¿trabajas ahora aquí?
— ¡Julia! No te había conocido. Está muy guapa. Bueno, antes también lo estabas, pero… No sé; me alegro mucho de verte.
— Yo también me alegro de verte otra vez. Por cierto, no te perdono que cerraras aquella tienda de discos sin avisar. Y lo que menos te perdono es que te fueras.
— Tuve que irme repentinamente. Verás, a mi padre le dio un ictus y me fui a Valencia a estar con él y con mi madre. Tardé mucho en volver a Madrid. Pero sí abrí la tienda de nuevo.
— Y, ¿qué tal está ahora?
— ¿La tienda?, cerrada. El negocio no iba bien y tuve que cerrar y buscar trabajo. Lo encontré aquí.
— No, me refería a tu padre.
— ¡Ah, bien! Bueno, no está como antes, camina con dificultad, pero ya hace vida normal.
— Me alegro mucho —premié con una sonrisa el encuentro.
— Oye, dame tu teléfono, quedamos un día y me sigues contando, que no puedo entretenerme mucho más; estoy trabajando.
— ¡Claro! —y se lo apunté en una servilleta de papel que saqué de un soporte de plástico con publicidad.
— Te llamo; te lo prometo.
— ¡Pobre de ti como no lo hagas!, que ya sé dónde localizarte.
En esos momentos llegó Marta, regalándome esos besos rutinarios que tanto me gustaban y que los aceptaba sin valorarlos.
— Te voy a presentar a mi mejor amiga; ella es Marta. Él es Andrés.
— Encantado. Decidme ahora qué os traigo.
— Dos cervezas bien frías.
Acabamos las cervezas, la película posterior y la cena que coronó la noche. Durante ese intervalo, Marta se enteró de todo el asunto referente al camarero que acababa de conocer.

         Andrés me llamó dos días después y quedamos en vernos el lunes, que era el día que él libraba. Me citó en su barrio, en una zona extrema a la mía. Cogí el metro; él me esperaría en su salida. No sé por qué le oculté a Rubén que había quedado con un antiguo amigo; yo no tenía nada que esconder y estaba convencida de que no le hubiera importado. Pero por alguna extraña razón que no sabía, le escondí la verdad.

lunes, 18 de noviembre de 2013

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS Capítulo 10

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo 10
Me apasionaba ir al cine, pero a Rubén, no. Aprovechaba un día a la semana para quedar con Marta; cenábamos juntas y acabábamos viendo una película, algunas veces en versión original, aunque no tuviéramos ni idea de alemán, árabe o finés. Nos parecía tan buena la idea como absurda, y lo hacíamos sin dudarlo, aguantando la risa durante toda la proyección, imaginándonos los diálogos, porque los subtítulos tampoco eran en español.
Un precioso día descubrí que en aquel diminuto piso íbamos a ser tres. Preparé una cena como en las películas, con velas, cava, luz tenue y música casi inaudible que nos acompañara durante toda la velada. Le pedí que ese día no abriera el bar de copas, o que le encargara a algún amigo que lo hiciera por él, que quería tenerle para mí toda la noche. Compramos comida preparada para cenar en casa.  De postre pedí que nos hicieran brownies de chocolate; uno de ellos con una nota dentro con el epígrafe: “Vas a ser papá”. Avanzábamos por la calle abrazados, mirándonos en todos los escaparates, bien apretaditos. 
Cuando llegó el final de la cena, comentó que no le apetecía el postre, que iba a reventar. Yo le insistí. Él, que no. Yo, le contradecía. Hasta que accedió y en el primer bocado casi se traga la notita sin masticar; se le quedó atravesada en plena garganta. No podía respirar, y yo casi tampoco, del susto. La cara le cambió de color, y de expresión. Me preguntaba cómo se hacía esa maniobra de reanimación de Heimlich que había visto hacía poco tiempo en la televisión. Le abracé pegada a su espalda con el puño cerrado en la boca de su estómago, y le apreté todo lo que pude contra mí con un golpe seco, sintiendo un dolor repentino y agudo en mi tripa, pero soltando él el trozo catastrófico de papel.
— Cariño, quiero ir a urgencias del hospital —le rogué, llorando.
— No, si yo ya me encuentro mejor, gracias a ti. Me has salvado la vida.
— ¡Rubén! Soy un desastre. No sé hacer nada bien.
— Claro que sabes hacer las cosas bien. Hacerme feliz, lo haces muy bien todos los días.
— Rubén, escúchame: voy a intentar explicarte lo que ha pasado, pero no te enfades conmigo, ¿de acuerdo? Vamos a ser padres. Le dí una nota a la pastelera con el anuncio para que te lo encontraras como si fuera una galletita china de la suerte. En las películas siempre sale bien. Bueno, pues te atragantaste con esa puñetera nota. Y cuando he intentado hacer la maniobra de Heimlich, he notado un pinchazo en la tripa y quizá haya perdido el niño.
Rubén me miraba, atónito, con los ojos abiertos, mientras yo soltaba toda mi sorprendente narración de los hechos. Después de unos interminables segundos sin reaccionar, gritó:
— ¡Vamos al hospital! ¿Puedes subirte a la moto?
— Claro que sí.
Tras dos angustiosas horas y una ecografía, la ginecóloga de  urgencias me informó que el bebé parecía estar bien, y que me fuera a casa, pero que guardara reposo absoluto durante una semana, como mínimo. Me recomendó que, otro día que tuviera que hacer la maniobra de Heimlich, lo hiciera con la cadera, por un lado, no de frente.
         Era la primera vez que escuchaba la palabra “bebé” refiriéndose al mío propio.  Y me sonó fenomenal.
         Desde ese día, Rubén se convirtió en mi sombra y mi esclavo… No me dejaba hacer nada en casa, más que comer y dormir, y ver la tele para que me entretuviera. Solía acariciarme la tripa todas las noches, como un ritual, antes de dormir. Me pedía que le hablara mucho al niño, y que le pusiera música y le cantara.
         Reposé una semana exactamente, tumbada en el sofá del salón, en compañía de libros, tele, palomitas de maíz y los mimos de Marta y de mi chico. Y después, quise salir a la calle para recordar cómo era el sol y el duro asfalto. Por las noches me bajaba al bar de copas para ver a Rubén; él me lo desaconsejaba porque allí la gente fumaba, pero yo quería salir de casa, me ahogaba allí sola.
         A la semana siguiente recobré mi vida normal; salía y entraba cuando me apeteciera. Marta me acompañaba a todos los lados, incluidas a las visitas al ginecólogo, que Rubén tampoco quería perderse, pero cuando el médico me llamaba para entrar, ella se quedaba fuera, muy a su pesar. Decía que ese niño también era un poquito suyo, no porque hubiera colaborado en su concepción, sino porque también tenía que aguantar mis antojos y manías de mamá primeriza.   
         Pasaron tres meses desde aquella noche cuando consideré que ya era hora de que mis tíos supieran lo del embarazo. Llegamos los dos a su casa, el domingo por la tarde. Cuando sirvieron el café ofrecido, solté la noticia, sin preámbulos. Me sorprendió mucho ver la reacción de la tía Victoria; pocas veces la había visto tan cariñosa como esa vez, con abrazo y beso incluido. Pidiéndome que me cuidara mucho y que cuando naciera que no la privara de ese niño, que le iba a tratar como si fuera nieto propio. Yo asentí a todas sus peticiones, perpleja. 
         Una tarde desperté de la siesta con dolor abdominal. Acudí rápidamente al hospital con Rubén, y allí me confirmaron mis terribles sospechas: el corazón de mi hijo había dejado de funcionar. Me practicaron inmediatamente un legrado. Y al día siguiente me mandaron a casa con más dolor en mi corazón que en ninguna otra parte del cuerpo. Nunca había experimentado tan cierta la sensación de estar vacía.
— No te preocupes —me confortó Rubén—, dentro de un par de meses lo volvemos a intentar. Ahora tienes que ser fuerte.
Deseaba quedarme a vivir entre los brazos de Rubén y de Marta para siempre. Y, de repente, me acordé de Víctor; también necesitaba su abrazo protector.
Le llamé esa misma tarde. Una voz masculina contestó en inglés. “¡Víctor! ¡Víctor!”, repetí espontáneamente, sin acordarme de ningún tipo de gramática inglesa. “Hold on, please”, me susurró, muy despacio, mi interlocutor.
— Hola, ¿quién es?
— Víctor, soy Julia.
— ¡Julia! ¿Qué tal? ¡Qué sorpresa! ¿Te encuentras bien? — mi llanto no me dejaba decirle cuánto le echaba de menos a él también—. Julia, dime algo, por favor, ¿qué ha pasado?
— Acabo de perder a mi bebé —logré decir, entre sollozos.
— ¿Tenías un hijo?
— No, estaba embarazada, y lo he perdido.
— ¡Cuánto lo siento, cariño! ¡De verdad! Me gustaría estar ahora mismo ahí, contigo.
Me había llamado “cariño” y yo me lo había creído. El llanto me impidió decirle todo lo que, tan desordenado, estaba en mi cabeza; todo lo que tenía y lo que me faltaba.
— Recuerda que tú eres mucho más fuerte de lo que crees —concluyó Víctor antes de la despedida.

Creo que de mi boca salió “te quiero”, aunque no sé si lo imaginé o fue real.

lunes, 11 de noviembre de 2013

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS Capítulo 9

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo 9
         Marta cumplió 19 años un soleado día del mes de abril, y eso era suficiente motivo para celebrarlo por todo lo alto. La noche era templada y alegre, daba gusto caminar. Poca gente se cruzaba con nosotras de camino a casa. En aquella calle desierta solo se oía nuestro pausado taconeo mezclado con el roce de los neumáticos de algún coche perdido con el machacado asfalto. Habíamos quedado para cenar, y después estuvimos bebiendo algo más de lo normal. Caminábamos despacio, agarradas, casi abrazadas para no caernos, y muy contentas:
— No sé por qué me has dejado beber.
— Ya eres mayorcita; bebe si quieres.
— Oye, ¿por qué no entramos aquí y nos tomamos la última?
— Nunca se dice eso; la última es la que te tomas antes de morir.
— No seas tonta.
— Bueno, ¿entramos o no?
— Una y nos vamos, ¿eh?
Entramos en una sala de copas; era un sitio lúgubre, muy oscuro. Al otro lado de la barra había un hombre de espaldas. Nos acercamos y nos sentamos en un taburete cada una, con dificultad por la altura que tenían, y sin parar de reírnos. Él se giró. Me quedé fascinada mirando la cara angelical del camarero. Jamás había visto un hombre tan guapo. Su pelo castaño, sus ojos marrones, su nariz, su boca entreabierta y casi sonriente, su barbilla, su mandíbula marcada…  El resto del mundo desapareció de repente.
— ¿Quieres decirle a este chico tan simpático qué te apetece beber? —interrumpió Marta.
— Ron con limón —contesté, después de unos segundos mirándole a los ojos y pensando: “lo que realmente quiero es tu teléfono”.
— Ahora mismo os lo sirvo.
¡Dios! Si hasta su voz sonaba a música celestial.
— Yo me llamo Julia —me atreví a decir, sin que viniera a cuento.
Él me sonrió y me contestó:
— Yo soy Rubén.
— Pues dame dos besos; bueno, o los que quieras -mi boba sonrisa no se desdibujaba.
— Pero, tía, ¿qué estás diciendo?
— Marta, no nos interrumpas la conversación.
— Pero, ¿qué conversación? Si no estáis hablando de nada.
— Bueno, pues si te callas, hablaremos de algo, ¿a que sí? —dirigiéndome a él.
— Creo que deberías dejar de beber —añadió Rubén.
— ¿Y qué se supone que tengo que hacer? ¿Irme a casa?
— Es una opción muy acertada, Julia.
— Así que… ¿te acuerdas de mi nombre?
— En media hora tengo que cerrar. Si quieres te llevo a casa, no creo que puedas conducir.
— Yo no tengo coche; he venido en autobús.
— Pues yo solo tengo moto. No me atrevería subirte a ella, por si pierdes el equilibrio.
Al día siguiente desperté en casa de Rubén. No recuerdo absolutamente nada a partir de esa frase, pero el dolor de cabeza de la mañana me hizo entender que me subió a su casa, y dormí plácidamente en su sofá, después de vomitar en su cocina. Rubén vivía en el mismo edificio del bar de copas, en el segundo piso. Su domicilio era pequeño, muy pequeño, con un dormitorio minúsculo, pero no lo compartía con nadie. No sé cómo Marta regresó a su casa.
— Siento lo de anoche —quise justificar mi comportamiento, fuera el que fuese—. Yo no soy así; normalmente, yo no bebo.
— No te preocupes. Estabas muy graciosa.
— ¿”Graciosa” es la palabra?
— No, no te lo tomes mal. Me refiero a que estabas muy simpática.
— Ya —sonreí. Eso es lo peor que se le puede decir a una mujer, que estaba “simpática”. Miré el reloj, sin ver la hora, como un acto reflejo y me despedí-: Bueno, tengo que irme.
Rubén se acercó a mí y, sin decirme nada, me miró a los ojos durante unos segundos. Recordé lo guapo que me pareció anoche, pero ahora, sobria, me parecía mucho más. La primera  vez no me fijé en la forma redondeada de sus cavidades nasales, tan perfectas que me parecía que le agraciaban aún más. En esos momentos, yo no sabía hablar ni mover un solo músculo de mi cuerpo. Sin señales de preaviso, me besó con dulzura, suavemente, sin presionar demasiado sus labios contra los míos. Se separó de mí esperando alguna respuesta, pero no la hubo y volvió a besarme con más contundencia.
         Al día siguiente quedamos por la tarde para tomar algo, y comenzó a llover esperando al autobús. Descubrí la seguridad que dan los brazos de un hombre, una protección inventada que me cobijaba de la lluvia.
Al mes siguiente, ya estaba viviendo con él. Mi tía Victoria montó en cólera, porque fue una decisión que ella no había tomado, aunque imaginé que, en el fondo, se alegraría de perderme de vista.
Con él descubrí el amor y el deseo en estado puro, sin retraimiento ni disimulo. A mí no me enseñaron a amar, y yo tampoco aprendí sola hasta que no supe de la existencia de Rubén.
Cuando le conocí, mi vida cambió por completo. Me hizo tener un motivo para empezar a hacer las cosas bien, por primera vez en mi vida; sin duda, él era mi auténtica motivación. Quería vivir y respirar por él. Sentía de verdad todas esas palabras que siempre me habían parecido cursiladas pronunciadas por otros. Le abrazaba siempre que tenía oportunidad solo para sentirle muy cerca, y si no la tenía, la buscaba. Y nos dormíamos abrazados todas las noches.
         A Rubén le gustaba mucho hablar de todo, y yo le dejaba que me deleitara los oídos, me daba igual con qué. Me contaba muchas cosas de su vida, como que empezó a estudiar medicina, pero lo dejó, porque le aburría memorizar. Así que yo también dejé los estudios y comencé a trabajar en el bar. La vida de la noche me gustaba, y estar con mi chico todo el día me seducía todavía más. 

lunes, 4 de noviembre de 2013

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS Capítulo 8

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo 8
En clase había una chica nueva. Yo no tenía costumbre de hablar con nadie en clase, así que, en la media hora del recreo, me dediqué a hacer dibujos en mi cuaderno. Noté que una persona corpulenta se puso delante de mí y, sin hablar, me invitó a levantar la cabeza para conocerla. Era rubia, con ojos color miel. Tenía la cara de una muñeca, con dulces facciones, y estaba un poco gordita:
— Dibujas muy bien —me sonrió.
— Gracias.
— ¿Eres nueva?
— No.
— Vaya, pero poco habladora, sí.
— Tampoco tengo mucho que decir.
— Por ejemplo, ¿tu nombre?
— Julia.
— Yo soy Marta.
De repente, pensé en Víctor, en lo desagradable que fui el primer día con él, y quise no cometer el mismo error con ella, así que le regalé una leve sonrisa que enseguida desapareció de mi rostro. Hacía poco que Marta había llegado de Valencia. Su padre era militar y le habían destinado a Madrid.
         Marta era muy cariñosa. Tenía mucha facilidad para abrazarme y besarme de una manera muy natural, como una necesidad, sin motivo aparente. Siempre sonreía. Y cantaba, cantaba mucho, incluso cuando tenía que estudiar; creo que lo hacía sin ser consciente de ello. Y sin venir a cuento me decía que me quería, y volvía a abrazarme. A mí me costaba mucho actuar así, aunque enseguida me hice adicta a sus muestras de cariño. Había heredado el mismo carácter abierto de su madre; en cambio, su padre me imponía miedo. Llegué casi a temerle, no sabía por qué; tenía un semblante recio y vasto, nada que ver con su mujer, ni su hija.
         Con Marta empecé a ver la vida de otro modo, más amable. Volví a estar a gusto compartiéndola  con alguien. Volví a reírme con ganas, con fuerza, con ilusión. Algunos días ni me acordaba de Víctor, y eso me dolía un poco, porque mi actitud la sentía como una  traición.
         Seguía acudiendo a la consulta de salud mental del hospital, y luego del centro médico del barrio. Primero desaparecieron las pastillas, y luego me dieron el alta definitiva. Mi tía me sonreía de vez en cuando. Su falsa amabilidad me desconcertaba, se notaba fingida, y no me hacía sentir nada bien, pero empecé a disimular yo también mi malestar con ella y le devolvía la sonrisa.
         Un día, Marta vino a merendar a mi casa, aprovechando que mis tíos de vez en cuando pasaban la tarde fuera. Mi amiga se ofreció a bajar a la pastelería de abajo para comprar algo que acompañara el café, que yo debía preparar.
         — ¡Llévate las llaves y así no me haces levantar! -la grité.
Encendí el fuego de la cocina y decidí sentarme a esperar en el butacón que había cercano a la ventana, recostándome sobre su respaldo. Era el sillón favorito de mi tío, cuando estaba en casa. Cogí un libro de la mesa camilla, y lo abrí por donde interrumpí la lectura el día anterior.
         De repente, se fue la luz. Me levanté torpemente y anduve hacia la cocina, donde recordaba que estaba la caja de los interruptores. En mi mente dibujé el camino y traté de salvar los obstáculos que hubiera: mesas, sillas… En la oscuridad vi una figura evanescente que levitaba hacia mí. Quedé paralizada por la sorpresa; abrí mucho los ojos, como si así la viera con más nitidez. No me lo podía creer: ¡era mi madre!, pero no como la recordaba siempre, sino con un aspecto más juvenil y sonriéndome:
— ¿Qué haces aquí? —acerté a preguntar, temblando.
— Hola, Julia, he venido a verte. Llevas mucho tiempo fuera de casa.
— ¿Qué haces aquí, mamá? —era lo único que quería saber de ella.
— Quería decirte que siempre te he querido, a ti y a tus hermanas. No lo olvides.
— ¿Y por qué no me lo dijiste cuando vivía con vosotros?
— Te quiero, no lo olvides.
Y desapareció la figura luminosa. Yo me desvanecí en el suelo, inconsciente.
         — ¡Julia! ¡Julia! ¡Despierta!
         Abrí los ojos; no sé cuánto tiempo permanecí allí tumbada en el suelo. Marta me ayudó a levantar. Volví a sentarme en el sillón, que noté frío. Miraba hacia todos los lados sin hablar. El recuerdo de la aparición de mi madre había resultado tan real… que lo de ahora me parecía un sueño; sí, un hermoso sueño. Me había encantado volver a ver a mi madre y olvidé lo malo de mi infancia.
— No sé qué me ha pasado. Me he dormido en el suelo, y he soñado con mi madre.
— ¿Con tu madre? Si llevas años sin saber de ella.
— Si, ya lo sé, pero…
El timbre del teléfono nos paralizó a las dos. Marta, que aún estaba de pie, levantó el auricular:
— ¿Si? Sí, ahora se pone.
Y me tendió el teléfono. Lo cogí y me lo coloqué en la oreja:
         — ¿Quién es?
         El sonido que venía del otro lado era opaco y confuso. “Julia, soy tu padre. No encuentro a tu madre. Últimamente la pierdo con facilidad. Le agarro del brazo y se me escapa. Y luego se esconde en los rincones más oscuros. No la veo. No, no la veo…”
         Otra vez me desvanecí. Cuando recuperé la consciencia, me volví, de nuevo, a encontrar tumbada en el sofá. Tenía a un médico tomándome la tensión y mirándome las pupilas dilatadas con una bombilla minúscula.
— De tensión está bien. Voy a pincharle el dedo para ver si tiene el azúcar alto.
— No, no —balbuceé un poco—. Estoy bien, de verdad.
— No tengas miedo; es solo un pinchazo.
— No es miedo, de verdad, enseguida me encontraré mejor.
El médico, a regañadientes, nos dejó solas en el piso.
— Niña, ¿qué te ha pasado?
Marta siempre me llamaba “niña”. Me gustaba; era una forma cariñosa de sentirla a mi lado, y eso me daba mucha seguridad.
— Es mejor que no te lo cuente.
— ¿Por qué? Me estás asustando.
— Porque hoy he…
Otra vez el puñetero teléfono nos interrumpió:
— Espera —le dije a mi amiga— si es para mí, pregunta primero quién es, ¿vale?
— Vale, vale.
Descolgó el aparato:
— Si, ¿de parte de quién, por favor? Espera —dirigiéndose a mí, y ofreciéndome el auricular—; es tu tía.
— Dime, tía, ¿qué tal? ¿Qué?
Colgué sin decir nada. Tarde bastante tiempo en reaccionar. Mis ojos se refugiaron en las baldosas del suelo, sin verlas. Mi mente funcionaba muy lentamente, y mi lengua estaba paralizada. Marta me preguntaba, pero yo no sabía responder; sus preguntas rebotaban en mí y no entraban en mis oídos.
         Optó por buscar en el teléfono el último número recibido y marcarle; habló con mi tía para enterarse de lo que había sucedido.
         Volvió de nuevo conmigo y me abrazó en silencio, como yo necesitaba en esos momentos, durante mucho tiempo. “Ya me he enterado, mi niña”, me repetía de una forma periódica, “lo siento mucho”.
         Después de años sin hablarse, mi madre agarró la escopeta de caza de mi padre, y según entraba éste por la puerta, le disparó dos tiros en la cabeza, para posteriormente introducirse ella misma el cañón humeante del arma por la boca y terminar el trabajo empezado. Era media tarde, aún de día, y el estruendo de los disparos alertó al único vecino que quedaba en Pizarro. Entró en la casa, temeroso y sabedor de lo que iba a encontrarse.
         Mis padres llevaban años sufriendo esa soledad en silencio, marcada por ellos mismos, cada uno por su lado, sin ser capaces de colaborar entre ellos para romperla. Eran dos náufragos que hacía tiempo que no coincidían en la misma playa de la isla en la que convivían.
         La noticia me impresionó sobremanera. Ya hacía años que yo no quería a mis padres, aprendí a abandonar ese sentimiento el mismo día que abandoné mi pueblo, con 16 años. Pero acababa de estar con mi madre en la misma salita de estar de mi piso de Madrid, y de hablar con mi padre, o por lo menos eso creía, porque yo ya no era capaz de discernir si todo estaba ocurriendo de verdad o era parte de una función macabra e  inventada que la vida estaba representando solo para mí, para atormentarme aún más.
         Preferí no hablar de este detalle con nadie, ni siquiera con Marta, que tan bien se estaba portando conmigo. Sentía que mi vida  siempre había significado una gran mentira.
         Al día siguiente, volví a ver a mis hermanas después de dos años sin saber nada de ellas, en el entierro de los viejos, en Pedraza del Arroyo.
         Las tres nos enlutamos como mandaba la tradición, solo por fuera, y acudimos a cumplir con el trámite que manda la sociedad.  La tía Victoria también nos acompañó. Recibimos multitud de palmaditas en la espalda y abrazos baratos. El negro riguroso pululaba en el ambiente. Ese día me enteré que mis hermanas corrieron la misma suerte que yo. También fueron acogidas por otros miembros de la familiar cuando María cumplió los trece años, y Cecilia, con doce. Así, sin más, sin dar ninguna explicación, por lo menos a quien se la merecía: a nosotras mismas. Y después de tanto tiempo, ¿qué nos importan ya los motivos? Quizá, mejor alejadas de ellos.

         Al concluir el evento, mi tía Mercedes, la hermana mayor de mi madre, nos invitó a un café en un bar cercano a las tres, y nos descubrió que mi padre había ejercido tanta presión sobre mi madre que la había  anulado por completo como persona, y ella había sido incapaz de reaccionar de otra forma que no fuera el silencio; que debería haber acudido a un profesional para que le ayudara, pero ella se cerraba en banda y no atendía a razones. Y que este final había sido sorprendente, pero lógico, al fin y al cabo. Yo ya tenía 18 años, y seguía sin entender absolutamente nada.