lunes, 18 de noviembre de 2013

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS Capítulo 10

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo 10
Me apasionaba ir al cine, pero a Rubén, no. Aprovechaba un día a la semana para quedar con Marta; cenábamos juntas y acabábamos viendo una película, algunas veces en versión original, aunque no tuviéramos ni idea de alemán, árabe o finés. Nos parecía tan buena la idea como absurda, y lo hacíamos sin dudarlo, aguantando la risa durante toda la proyección, imaginándonos los diálogos, porque los subtítulos tampoco eran en español.
Un precioso día descubrí que en aquel diminuto piso íbamos a ser tres. Preparé una cena como en las películas, con velas, cava, luz tenue y música casi inaudible que nos acompañara durante toda la velada. Le pedí que ese día no abriera el bar de copas, o que le encargara a algún amigo que lo hiciera por él, que quería tenerle para mí toda la noche. Compramos comida preparada para cenar en casa.  De postre pedí que nos hicieran brownies de chocolate; uno de ellos con una nota dentro con el epígrafe: “Vas a ser papá”. Avanzábamos por la calle abrazados, mirándonos en todos los escaparates, bien apretaditos. 
Cuando llegó el final de la cena, comentó que no le apetecía el postre, que iba a reventar. Yo le insistí. Él, que no. Yo, le contradecía. Hasta que accedió y en el primer bocado casi se traga la notita sin masticar; se le quedó atravesada en plena garganta. No podía respirar, y yo casi tampoco, del susto. La cara le cambió de color, y de expresión. Me preguntaba cómo se hacía esa maniobra de reanimación de Heimlich que había visto hacía poco tiempo en la televisión. Le abracé pegada a su espalda con el puño cerrado en la boca de su estómago, y le apreté todo lo que pude contra mí con un golpe seco, sintiendo un dolor repentino y agudo en mi tripa, pero soltando él el trozo catastrófico de papel.
— Cariño, quiero ir a urgencias del hospital —le rogué, llorando.
— No, si yo ya me encuentro mejor, gracias a ti. Me has salvado la vida.
— ¡Rubén! Soy un desastre. No sé hacer nada bien.
— Claro que sabes hacer las cosas bien. Hacerme feliz, lo haces muy bien todos los días.
— Rubén, escúchame: voy a intentar explicarte lo que ha pasado, pero no te enfades conmigo, ¿de acuerdo? Vamos a ser padres. Le dí una nota a la pastelera con el anuncio para que te lo encontraras como si fuera una galletita china de la suerte. En las películas siempre sale bien. Bueno, pues te atragantaste con esa puñetera nota. Y cuando he intentado hacer la maniobra de Heimlich, he notado un pinchazo en la tripa y quizá haya perdido el niño.
Rubén me miraba, atónito, con los ojos abiertos, mientras yo soltaba toda mi sorprendente narración de los hechos. Después de unos interminables segundos sin reaccionar, gritó:
— ¡Vamos al hospital! ¿Puedes subirte a la moto?
— Claro que sí.
Tras dos angustiosas horas y una ecografía, la ginecóloga de  urgencias me informó que el bebé parecía estar bien, y que me fuera a casa, pero que guardara reposo absoluto durante una semana, como mínimo. Me recomendó que, otro día que tuviera que hacer la maniobra de Heimlich, lo hiciera con la cadera, por un lado, no de frente.
         Era la primera vez que escuchaba la palabra “bebé” refiriéndose al mío propio.  Y me sonó fenomenal.
         Desde ese día, Rubén se convirtió en mi sombra y mi esclavo… No me dejaba hacer nada en casa, más que comer y dormir, y ver la tele para que me entretuviera. Solía acariciarme la tripa todas las noches, como un ritual, antes de dormir. Me pedía que le hablara mucho al niño, y que le pusiera música y le cantara.
         Reposé una semana exactamente, tumbada en el sofá del salón, en compañía de libros, tele, palomitas de maíz y los mimos de Marta y de mi chico. Y después, quise salir a la calle para recordar cómo era el sol y el duro asfalto. Por las noches me bajaba al bar de copas para ver a Rubén; él me lo desaconsejaba porque allí la gente fumaba, pero yo quería salir de casa, me ahogaba allí sola.
         A la semana siguiente recobré mi vida normal; salía y entraba cuando me apeteciera. Marta me acompañaba a todos los lados, incluidas a las visitas al ginecólogo, que Rubén tampoco quería perderse, pero cuando el médico me llamaba para entrar, ella se quedaba fuera, muy a su pesar. Decía que ese niño también era un poquito suyo, no porque hubiera colaborado en su concepción, sino porque también tenía que aguantar mis antojos y manías de mamá primeriza.   
         Pasaron tres meses desde aquella noche cuando consideré que ya era hora de que mis tíos supieran lo del embarazo. Llegamos los dos a su casa, el domingo por la tarde. Cuando sirvieron el café ofrecido, solté la noticia, sin preámbulos. Me sorprendió mucho ver la reacción de la tía Victoria; pocas veces la había visto tan cariñosa como esa vez, con abrazo y beso incluido. Pidiéndome que me cuidara mucho y que cuando naciera que no la privara de ese niño, que le iba a tratar como si fuera nieto propio. Yo asentí a todas sus peticiones, perpleja. 
         Una tarde desperté de la siesta con dolor abdominal. Acudí rápidamente al hospital con Rubén, y allí me confirmaron mis terribles sospechas: el corazón de mi hijo había dejado de funcionar. Me practicaron inmediatamente un legrado. Y al día siguiente me mandaron a casa con más dolor en mi corazón que en ninguna otra parte del cuerpo. Nunca había experimentado tan cierta la sensación de estar vacía.
— No te preocupes —me confortó Rubén—, dentro de un par de meses lo volvemos a intentar. Ahora tienes que ser fuerte.
Deseaba quedarme a vivir entre los brazos de Rubén y de Marta para siempre. Y, de repente, me acordé de Víctor; también necesitaba su abrazo protector.
Le llamé esa misma tarde. Una voz masculina contestó en inglés. “¡Víctor! ¡Víctor!”, repetí espontáneamente, sin acordarme de ningún tipo de gramática inglesa. “Hold on, please”, me susurró, muy despacio, mi interlocutor.
— Hola, ¿quién es?
— Víctor, soy Julia.
— ¡Julia! ¿Qué tal? ¡Qué sorpresa! ¿Te encuentras bien? — mi llanto no me dejaba decirle cuánto le echaba de menos a él también—. Julia, dime algo, por favor, ¿qué ha pasado?
— Acabo de perder a mi bebé —logré decir, entre sollozos.
— ¿Tenías un hijo?
— No, estaba embarazada, y lo he perdido.
— ¡Cuánto lo siento, cariño! ¡De verdad! Me gustaría estar ahora mismo ahí, contigo.
Me había llamado “cariño” y yo me lo había creído. El llanto me impidió decirle todo lo que, tan desordenado, estaba en mi cabeza; todo lo que tenía y lo que me faltaba.
— Recuerda que tú eres mucho más fuerte de lo que crees —concluyó Víctor antes de la despedida.

Creo que de mi boca salió “te quiero”, aunque no sé si lo imaginé o fue real.

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