domingo, 9 de julio de 2017

RESEÑA "MOCHILAS ROTAS", ÁNGEL BERROCAL

“MOCHILAS ROTAS” de Ángel Berrocal
Hace mucho tiempo que no escribo en este blog, y hoy quiero abrirlo de nuevo para hacer una reseña de un libro que me ha conmovido profundamente. Se trata de “Mochilas rotas” de Ángel Berrocal. Es una novela que describe el sufrimiento que provoca una grave enfermedad en el seno de una familia como podría ser la tuya o la mía, y cuyo protagonista es un niño.
El dramatismo de la enfermedad está visto desde todos los puntos de vista, desde el que la vence y el que no, remarcando las verdaderas cosas que deberíamos empezar a priorizar. El final es toda una lección de vida.
A estas alturas no voy a descubrir la maravillosa forma que tiene Berrocal de contar sus historias, pero en esta nos ha adentrado en un mundillo que, si no te toca directamente, se desconoce casi por completo. El autor ha sabido plasmar, con creces y de una manera sencilla, el sufrimiento y vicisitudes que padecen los enfermos y familiares cuando la vida te pone al borde del precipicio y hay que saber afrontar los retos importantes. Pero también las alegrías. Porque la vida es esto: un balance de cosas buenas y malas.
En definitiva, “Mochilas rotas” es una deliciosa historia de humanidad, de amor al prójimo, de amistad incondicional, de lealtad y de esos pequeños gestos de homenaje a los que sabes que siempre estarán ahí, aún en los momentos más difíciles.  Es una novela que no dejará indiferente a nadie.


“MOCHILAS ROTAS” de Ángel Berrocal

Hace mucho tiempo que no escribo en este blog, y hoy quiero abrirlo de nuevo para hacer una reseña de un libro que me ha conmovido profundamente. Se trata de “Mochilas rotas” de Ángel Berrocal. Es una novela que describe el sufrimiento que provoca una grave enfermedad en el seno de una familia como podría ser la tuya o la mía, y cuyo protagonista es un niño.
El dramatismo de la enfermedad está visto desde todos los puntos de vista, desde el que la vence y el que no, remarcando las verdaderas cosas que deberíamos empezar a priorizar. El final es toda una lección de vida.
A estas alturas no voy a descubrir la maravillosa forma que tiene Berrocal de contar sus historias, pero en esta nos ha adentrado en un mundillo que, si no te toca directamente, se desconoce casi por completo. El autor ha sabido plasmar, con creces y de una manera sencilla, el sufrimiento y vicisitudes que padecen los enfermos y familiares cuando la vida te pone al borde del precipicio y hay que saber afrontar los retos importantes. Pero también las alegrías. Porque la vida es esto: un balance de cosas buenas y malas.
En definitiva, “Mochilas rotas” es una deliciosa historia de humanidad, de amor al prójimo, de amistad incondicional, de lealtad y de esos pequeños gestos de homenaje a los que sabes que siempre estarán ahí, aún en los momentos más difíciles.  Es una novela que no dejará indiferente a nadie.

miércoles, 27 de abril de 2016

LOS MOLINOS DEL QUIJOTE



Los molinos del Quijote

¿Sabes, querido Sancho, qué haría yo con los molinos? Los convertiría en gigantes que hicieran soñar a los niños, en ilusiones para los descreídos, en ingenio para los que saben que la realidad se escribe a través de la fantasía, en optimismo para los que piensan que ya está todo perdido. Y luego… ¡que sigan llamándome loco!

lunes, 2 de diciembre de 2013

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS Capítulo 12 (último)

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo 12
Cuando nos encontramos, él me recibió con un corto beso en los labios, de una manera natural, como si llevara haciéndolo toda su vida. Yo no dije nada.
Nos dirigimos a una cafetería y hablamos sin parar de aquella corta época en la que yo visitaba su tienda, y después nos íbamos al parque con Víctor. Adornó mucho sus sentimientos hacia mí; me gustaron sus mentiras y volver atrás en el tiempo de una forma imaginaria.
— Sigo conservando discos de mi tienda.
— Ah, ¿si?
— Sí, los tengo en mi casa.
Y fuimos allí a recordar cómo se elegía “un buen sonido que deleite los oídos”, como me decía entonces. Después de revisar todas aquellas portadas de sus añorados discos y de reírnos hasta perder la noción del tiempo, una amnesia fugaz pasó por mi mente, y acabamos haciendo el amor en su cama de 1,35. Durante ese lapso viví en la época anterior, olvidando completamente a Rubén y a Marta. 
Mi imagen desnuda reflejada en el espejo del cuarto de baño me devolvió a la realidad.
         — Andrés, tenemos que hablar. Esto es algo que nunca tenía que haber pasado. Tengo pareja estable, a la que quiero muchísimo, y no sé qué me ha pasado.
         — Cariño, ahora no hables —y volvió a intentar besarme.
         — Pero, ¿es que no me has oído? ¡Que esto no puede ser!
Discutimos sobre mi infidelidad y la escasa importancia que él le concedía al tema, mientras me vestía. “No tiene por qué enterarse”, era su único argumento para convencerme de que siguiéramos viéndonos. El portazo que di al salir de aquel lugar de sexo barato me sorprendió sobremanera. Me sentía fatal, sucia, maloliente, detestable… una rata en medio de un palacio de cuentos.
Anduve hasta la boca de metro, y me la pasé de largo. Me apetecía caminar mientras me odiaba a mí misma como jamás lo había hecho a nadie. Y lloraba sin ser consciente de ello. El reloj se desvaneció en aquellas calles desconocidas que me conducían hacia el domicilio de Marta. Tenía que quitarme ese peso de encima.
         Necesitaba que ella me abroncara, pero no lo hizo. Me abrazó como solo ella sabe hacerlo. Me insistió que no le dijera nada a Rubén por el bien de los dos, sobre todo de él, porque “no va a volver a ocurrir; tú estás arrepentida, y le vas a hacer sufrir inútilmente”. Pero yo necesitaba lavar mi pecado.
         Cuando llegué a casa, Rubén no estaba. Enseguida apareció cargando tres bolsas llenas de comida. Corrí a abrazarle, a besarle, a vaciar mi culpa.
— ¡Eh! ¡Espera a que entre, ansiosa! —bromeó, camino de la cocina.
— ¿Te he dicho alguna vez que te quiero mucho? —pese al nerviosismo, respiré fuerte, antes de seguirle la broma.
— No, nunca.
— Bueno, pues recuérdame que algún de éstos te lo diga.
— Hecho.
Y entre beso y beso acabamos deshaciendo nuestra cama. Llevaba mucho tiempo haciendo el amor con Rubén, pero esa tarde lo sentí de una forma diferente, deseándole hasta reventar. Necesitaba vaciarme del todo, obsesionada en concentrarme para vencer el recuerdo que me torturaba. Exhausta, me derrumbé encima de él. Me regaló una sonrisa mágica. Nos quedamos mirándonos durante un rato. Mi corazón no bajaba su ritmo:
         — Mi amor, tengo que contarte algo —salió de mi bocaza.
         Después de todo mi relato, bañado en lágrimas y lamentos, me contó el suyo: el muy cabrón llevaba tres meses acostándose con mi amiga Marta, la muy puta. “Nació como algo accidental, que no supimos parar”. El segundo portazo del día fue más vehemente que el primero.
Volví a vivir a casa de mi tía Victoria. Ya sí que no me quedaba a nadie más a mi alrededor. Cuando creí haber entendido en qué consiste el amor, me pasé tres interminables meses velando la ausencia del sentido de mi vida, sin saber si estaba preparada para enviudar o si tal vez pudiera perdonar a mi chico y mi chica, y mi vida la encauzara para que volviera a ser como antes. Me habían clavado dos puñaladas a la vez en una sola espalda, porque el amor con mayúsculas duele tanto si viene envasado en cuerpo de hombre como de mujer. No, por supuesto que no estaba preparada para otro cambio rotundo en mi vida. ¿Cuántas? ¿Cuántas veces va a golpearme más esta puta vida? ¿Por qué solo se acuerda de mí para estas cosas?
Cogí el teléfono para llamar a Nueva York; sonó insistentemente y nadie hizo nada por que se callara. Al cabo de media hora repetí la operación, sin éxito. Corrí a la comisaría de policía del barrio y pedí cita para solicitar el pasaporte. Y volví a marca el teléfono de Víctor; ¡nada!
A la semana siguiente, pedí un taxi que me llevara al aeropuerto. No llené mucho la maleta. El taxista me deseó “buen viaje, fuera donde fuese”, después de una generosa propina. Estaba ante el portal de mi nueva vida, al lado de Víctor; él nunca me defraudaría. Sonreí, satisfecha, mirando aquel gran edificio donde entraba y salía gente de todas las nacionalidades, con maletas de todos los colores, y yo estaba dispuesta a mimetizarme con ellos. Acaricié mi billete de vuelo en señal de ritual, como si de él fuera a salir un genio al que poder pedirle algo de suerte que me acompañara en mi viaje a tierras lejanas. Y, de repente, oí una voz conocida que gritaba mi nombre:
— ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Has venido a buscarme? ¿Quién te dijo que llegaba a estas horas?
— ¡Víctor!
— Hola, guapa —y me agrandé entre sus brazos generosos.
— ¿Has venido para quedarte en Madrid?
— Sí, ¿no me digas que no lo sabías? Rompí con mi chico; ya no me ataba nada a Nueva York y decidí volver contigo, con la persona más importante de mi vida, sin duda.

Y ahora, ¿qué?

lunes, 25 de noviembre de 2013

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS Capítulo 11

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo 11
         Tardé como quince días en recuperar esa sonrisa que tanto me pedían Rubén y Marta. Tardé ese mismo tiempo también en reunir fuerzas para contárselo a mi tía, que lloró amargamente delante de mí.
         El fuerte sonido del teléfono me despertó de la siesta:
— ¿Te apetece un cine esta noche? —el entusiasmo de Marta era contagioso—. Hace mucho que no vamos, y me apetece un montón —me concedí  una pausa para procesar la información, aún somnolienta, y seguí escuchando—: prometo llevarte a ver una película en español.
— Vale —le despaché una sonrisa barata—. ¿A qué hora quedamos y dónde?
— En la cafetería que hay enfrente del cine, ¿vale? Quedamos a las seis y decidimos la película —Asentí con la cabeza, sin darme cuenta que Marta no podía ver mi gesto de aprobación—. Bueno, dime, ¿sí o sí?
— ¿Tengo otra opción? —bromeé.
— Vale, pues. No te pongas demasiado guapa que me eclipsas.
— Intentaré afearme un poquito más, si cabe.
Llegué a esa céntrica y concurrida cafetería antes de la hora. Busqué, con la mirada, una mesa libre cercana al ventanal que anuncia el nombre del establecimiento serigrafiado en el cristal, pero no había sitio. Solo quedaba una mesa en el rincón del fondo, cercano a los cuartos de baño. Me senté y esperé a Marta. Busqué en mi bolso un cuadernillo de crucigramas para entretenerme.
— ¿Qué quiere tomar? —me preguntó uno de los tipos vestidos con camisa blanca impoluta y pantalón negro azabache.
— Estoy esperan… -ante mi sorpresa, no pude terminar la frase—, ¿trabajas ahora aquí?
— ¡Julia! No te había conocido. Está muy guapa. Bueno, antes también lo estabas, pero… No sé; me alegro mucho de verte.
— Yo también me alegro de verte otra vez. Por cierto, no te perdono que cerraras aquella tienda de discos sin avisar. Y lo que menos te perdono es que te fueras.
— Tuve que irme repentinamente. Verás, a mi padre le dio un ictus y me fui a Valencia a estar con él y con mi madre. Tardé mucho en volver a Madrid. Pero sí abrí la tienda de nuevo.
— Y, ¿qué tal está ahora?
— ¿La tienda?, cerrada. El negocio no iba bien y tuve que cerrar y buscar trabajo. Lo encontré aquí.
— No, me refería a tu padre.
— ¡Ah, bien! Bueno, no está como antes, camina con dificultad, pero ya hace vida normal.
— Me alegro mucho —premié con una sonrisa el encuentro.
— Oye, dame tu teléfono, quedamos un día y me sigues contando, que no puedo entretenerme mucho más; estoy trabajando.
— ¡Claro! —y se lo apunté en una servilleta de papel que saqué de un soporte de plástico con publicidad.
— Te llamo; te lo prometo.
— ¡Pobre de ti como no lo hagas!, que ya sé dónde localizarte.
En esos momentos llegó Marta, regalándome esos besos rutinarios que tanto me gustaban y que los aceptaba sin valorarlos.
— Te voy a presentar a mi mejor amiga; ella es Marta. Él es Andrés.
— Encantado. Decidme ahora qué os traigo.
— Dos cervezas bien frías.
Acabamos las cervezas, la película posterior y la cena que coronó la noche. Durante ese intervalo, Marta se enteró de todo el asunto referente al camarero que acababa de conocer.

         Andrés me llamó dos días después y quedamos en vernos el lunes, que era el día que él libraba. Me citó en su barrio, en una zona extrema a la mía. Cogí el metro; él me esperaría en su salida. No sé por qué le oculté a Rubén que había quedado con un antiguo amigo; yo no tenía nada que esconder y estaba convencida de que no le hubiera importado. Pero por alguna extraña razón que no sabía, le escondí la verdad.

lunes, 18 de noviembre de 2013

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS Capítulo 10

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo 10
Me apasionaba ir al cine, pero a Rubén, no. Aprovechaba un día a la semana para quedar con Marta; cenábamos juntas y acabábamos viendo una película, algunas veces en versión original, aunque no tuviéramos ni idea de alemán, árabe o finés. Nos parecía tan buena la idea como absurda, y lo hacíamos sin dudarlo, aguantando la risa durante toda la proyección, imaginándonos los diálogos, porque los subtítulos tampoco eran en español.
Un precioso día descubrí que en aquel diminuto piso íbamos a ser tres. Preparé una cena como en las películas, con velas, cava, luz tenue y música casi inaudible que nos acompañara durante toda la velada. Le pedí que ese día no abriera el bar de copas, o que le encargara a algún amigo que lo hiciera por él, que quería tenerle para mí toda la noche. Compramos comida preparada para cenar en casa.  De postre pedí que nos hicieran brownies de chocolate; uno de ellos con una nota dentro con el epígrafe: “Vas a ser papá”. Avanzábamos por la calle abrazados, mirándonos en todos los escaparates, bien apretaditos. 
Cuando llegó el final de la cena, comentó que no le apetecía el postre, que iba a reventar. Yo le insistí. Él, que no. Yo, le contradecía. Hasta que accedió y en el primer bocado casi se traga la notita sin masticar; se le quedó atravesada en plena garganta. No podía respirar, y yo casi tampoco, del susto. La cara le cambió de color, y de expresión. Me preguntaba cómo se hacía esa maniobra de reanimación de Heimlich que había visto hacía poco tiempo en la televisión. Le abracé pegada a su espalda con el puño cerrado en la boca de su estómago, y le apreté todo lo que pude contra mí con un golpe seco, sintiendo un dolor repentino y agudo en mi tripa, pero soltando él el trozo catastrófico de papel.
— Cariño, quiero ir a urgencias del hospital —le rogué, llorando.
— No, si yo ya me encuentro mejor, gracias a ti. Me has salvado la vida.
— ¡Rubén! Soy un desastre. No sé hacer nada bien.
— Claro que sabes hacer las cosas bien. Hacerme feliz, lo haces muy bien todos los días.
— Rubén, escúchame: voy a intentar explicarte lo que ha pasado, pero no te enfades conmigo, ¿de acuerdo? Vamos a ser padres. Le dí una nota a la pastelera con el anuncio para que te lo encontraras como si fuera una galletita china de la suerte. En las películas siempre sale bien. Bueno, pues te atragantaste con esa puñetera nota. Y cuando he intentado hacer la maniobra de Heimlich, he notado un pinchazo en la tripa y quizá haya perdido el niño.
Rubén me miraba, atónito, con los ojos abiertos, mientras yo soltaba toda mi sorprendente narración de los hechos. Después de unos interminables segundos sin reaccionar, gritó:
— ¡Vamos al hospital! ¿Puedes subirte a la moto?
— Claro que sí.
Tras dos angustiosas horas y una ecografía, la ginecóloga de  urgencias me informó que el bebé parecía estar bien, y que me fuera a casa, pero que guardara reposo absoluto durante una semana, como mínimo. Me recomendó que, otro día que tuviera que hacer la maniobra de Heimlich, lo hiciera con la cadera, por un lado, no de frente.
         Era la primera vez que escuchaba la palabra “bebé” refiriéndose al mío propio.  Y me sonó fenomenal.
         Desde ese día, Rubén se convirtió en mi sombra y mi esclavo… No me dejaba hacer nada en casa, más que comer y dormir, y ver la tele para que me entretuviera. Solía acariciarme la tripa todas las noches, como un ritual, antes de dormir. Me pedía que le hablara mucho al niño, y que le pusiera música y le cantara.
         Reposé una semana exactamente, tumbada en el sofá del salón, en compañía de libros, tele, palomitas de maíz y los mimos de Marta y de mi chico. Y después, quise salir a la calle para recordar cómo era el sol y el duro asfalto. Por las noches me bajaba al bar de copas para ver a Rubén; él me lo desaconsejaba porque allí la gente fumaba, pero yo quería salir de casa, me ahogaba allí sola.
         A la semana siguiente recobré mi vida normal; salía y entraba cuando me apeteciera. Marta me acompañaba a todos los lados, incluidas a las visitas al ginecólogo, que Rubén tampoco quería perderse, pero cuando el médico me llamaba para entrar, ella se quedaba fuera, muy a su pesar. Decía que ese niño también era un poquito suyo, no porque hubiera colaborado en su concepción, sino porque también tenía que aguantar mis antojos y manías de mamá primeriza.   
         Pasaron tres meses desde aquella noche cuando consideré que ya era hora de que mis tíos supieran lo del embarazo. Llegamos los dos a su casa, el domingo por la tarde. Cuando sirvieron el café ofrecido, solté la noticia, sin preámbulos. Me sorprendió mucho ver la reacción de la tía Victoria; pocas veces la había visto tan cariñosa como esa vez, con abrazo y beso incluido. Pidiéndome que me cuidara mucho y que cuando naciera que no la privara de ese niño, que le iba a tratar como si fuera nieto propio. Yo asentí a todas sus peticiones, perpleja. 
         Una tarde desperté de la siesta con dolor abdominal. Acudí rápidamente al hospital con Rubén, y allí me confirmaron mis terribles sospechas: el corazón de mi hijo había dejado de funcionar. Me practicaron inmediatamente un legrado. Y al día siguiente me mandaron a casa con más dolor en mi corazón que en ninguna otra parte del cuerpo. Nunca había experimentado tan cierta la sensación de estar vacía.
— No te preocupes —me confortó Rubén—, dentro de un par de meses lo volvemos a intentar. Ahora tienes que ser fuerte.
Deseaba quedarme a vivir entre los brazos de Rubén y de Marta para siempre. Y, de repente, me acordé de Víctor; también necesitaba su abrazo protector.
Le llamé esa misma tarde. Una voz masculina contestó en inglés. “¡Víctor! ¡Víctor!”, repetí espontáneamente, sin acordarme de ningún tipo de gramática inglesa. “Hold on, please”, me susurró, muy despacio, mi interlocutor.
— Hola, ¿quién es?
— Víctor, soy Julia.
— ¡Julia! ¿Qué tal? ¡Qué sorpresa! ¿Te encuentras bien? — mi llanto no me dejaba decirle cuánto le echaba de menos a él también—. Julia, dime algo, por favor, ¿qué ha pasado?
— Acabo de perder a mi bebé —logré decir, entre sollozos.
— ¿Tenías un hijo?
— No, estaba embarazada, y lo he perdido.
— ¡Cuánto lo siento, cariño! ¡De verdad! Me gustaría estar ahora mismo ahí, contigo.
Me había llamado “cariño” y yo me lo había creído. El llanto me impidió decirle todo lo que, tan desordenado, estaba en mi cabeza; todo lo que tenía y lo que me faltaba.
— Recuerda que tú eres mucho más fuerte de lo que crees —concluyó Víctor antes de la despedida.

Creo que de mi boca salió “te quiero”, aunque no sé si lo imaginé o fue real.

lunes, 11 de noviembre de 2013

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS Capítulo 9

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo 9
         Marta cumplió 19 años un soleado día del mes de abril, y eso era suficiente motivo para celebrarlo por todo lo alto. La noche era templada y alegre, daba gusto caminar. Poca gente se cruzaba con nosotras de camino a casa. En aquella calle desierta solo se oía nuestro pausado taconeo mezclado con el roce de los neumáticos de algún coche perdido con el machacado asfalto. Habíamos quedado para cenar, y después estuvimos bebiendo algo más de lo normal. Caminábamos despacio, agarradas, casi abrazadas para no caernos, y muy contentas:
— No sé por qué me has dejado beber.
— Ya eres mayorcita; bebe si quieres.
— Oye, ¿por qué no entramos aquí y nos tomamos la última?
— Nunca se dice eso; la última es la que te tomas antes de morir.
— No seas tonta.
— Bueno, ¿entramos o no?
— Una y nos vamos, ¿eh?
Entramos en una sala de copas; era un sitio lúgubre, muy oscuro. Al otro lado de la barra había un hombre de espaldas. Nos acercamos y nos sentamos en un taburete cada una, con dificultad por la altura que tenían, y sin parar de reírnos. Él se giró. Me quedé fascinada mirando la cara angelical del camarero. Jamás había visto un hombre tan guapo. Su pelo castaño, sus ojos marrones, su nariz, su boca entreabierta y casi sonriente, su barbilla, su mandíbula marcada…  El resto del mundo desapareció de repente.
— ¿Quieres decirle a este chico tan simpático qué te apetece beber? —interrumpió Marta.
— Ron con limón —contesté, después de unos segundos mirándole a los ojos y pensando: “lo que realmente quiero es tu teléfono”.
— Ahora mismo os lo sirvo.
¡Dios! Si hasta su voz sonaba a música celestial.
— Yo me llamo Julia —me atreví a decir, sin que viniera a cuento.
Él me sonrió y me contestó:
— Yo soy Rubén.
— Pues dame dos besos; bueno, o los que quieras -mi boba sonrisa no se desdibujaba.
— Pero, tía, ¿qué estás diciendo?
— Marta, no nos interrumpas la conversación.
— Pero, ¿qué conversación? Si no estáis hablando de nada.
— Bueno, pues si te callas, hablaremos de algo, ¿a que sí? —dirigiéndome a él.
— Creo que deberías dejar de beber —añadió Rubén.
— ¿Y qué se supone que tengo que hacer? ¿Irme a casa?
— Es una opción muy acertada, Julia.
— Así que… ¿te acuerdas de mi nombre?
— En media hora tengo que cerrar. Si quieres te llevo a casa, no creo que puedas conducir.
— Yo no tengo coche; he venido en autobús.
— Pues yo solo tengo moto. No me atrevería subirte a ella, por si pierdes el equilibrio.
Al día siguiente desperté en casa de Rubén. No recuerdo absolutamente nada a partir de esa frase, pero el dolor de cabeza de la mañana me hizo entender que me subió a su casa, y dormí plácidamente en su sofá, después de vomitar en su cocina. Rubén vivía en el mismo edificio del bar de copas, en el segundo piso. Su domicilio era pequeño, muy pequeño, con un dormitorio minúsculo, pero no lo compartía con nadie. No sé cómo Marta regresó a su casa.
— Siento lo de anoche —quise justificar mi comportamiento, fuera el que fuese—. Yo no soy así; normalmente, yo no bebo.
— No te preocupes. Estabas muy graciosa.
— ¿”Graciosa” es la palabra?
— No, no te lo tomes mal. Me refiero a que estabas muy simpática.
— Ya —sonreí. Eso es lo peor que se le puede decir a una mujer, que estaba “simpática”. Miré el reloj, sin ver la hora, como un acto reflejo y me despedí-: Bueno, tengo que irme.
Rubén se acercó a mí y, sin decirme nada, me miró a los ojos durante unos segundos. Recordé lo guapo que me pareció anoche, pero ahora, sobria, me parecía mucho más. La primera  vez no me fijé en la forma redondeada de sus cavidades nasales, tan perfectas que me parecía que le agraciaban aún más. En esos momentos, yo no sabía hablar ni mover un solo músculo de mi cuerpo. Sin señales de preaviso, me besó con dulzura, suavemente, sin presionar demasiado sus labios contra los míos. Se separó de mí esperando alguna respuesta, pero no la hubo y volvió a besarme con más contundencia.
         Al día siguiente quedamos por la tarde para tomar algo, y comenzó a llover esperando al autobús. Descubrí la seguridad que dan los brazos de un hombre, una protección inventada que me cobijaba de la lluvia.
Al mes siguiente, ya estaba viviendo con él. Mi tía Victoria montó en cólera, porque fue una decisión que ella no había tomado, aunque imaginé que, en el fondo, se alegraría de perderme de vista.
Con él descubrí el amor y el deseo en estado puro, sin retraimiento ni disimulo. A mí no me enseñaron a amar, y yo tampoco aprendí sola hasta que no supe de la existencia de Rubén.
Cuando le conocí, mi vida cambió por completo. Me hizo tener un motivo para empezar a hacer las cosas bien, por primera vez en mi vida; sin duda, él era mi auténtica motivación. Quería vivir y respirar por él. Sentía de verdad todas esas palabras que siempre me habían parecido cursiladas pronunciadas por otros. Le abrazaba siempre que tenía oportunidad solo para sentirle muy cerca, y si no la tenía, la buscaba. Y nos dormíamos abrazados todas las noches.
         A Rubén le gustaba mucho hablar de todo, y yo le dejaba que me deleitara los oídos, me daba igual con qué. Me contaba muchas cosas de su vida, como que empezó a estudiar medicina, pero lo dejó, porque le aburría memorizar. Así que yo también dejé los estudios y comencé a trabajar en el bar. La vida de la noche me gustaba, y estar con mi chico todo el día me seducía todavía más.