QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo
5
La decoración de la nueva casa se la
encargaron a un profesional, con un gusto pésimo. Quiso darle sobriedad, con un
estilo victoriano tan personal como extravagante.
Lo
peor de todo es que no me dejaron elegir mi dormitorio. Me colocaron una cama
de 1,05 metros ,
con un dosel, simulando un escenario, en medio de una vasta extensión de
terreno sotechado, con unos muebles que no combinaban entre sí. La cortina de
la ventana era hermana gemela de la colcha de la cama. En todas las
habitaciones habían puesto camas y mesillas, así que le pedí, inútilmente, a mi
tía que, por favor, me permitiese mudarme a otra habitación, que no me gustaba
la mía. Me contestó que “era una desagradecida, que había reservado la mejor
para mí”. No sé qué criterio utilizó para llegar a esa conclusión; yo veía
todas las habitaciones exactamente iguales.
Cuando
Víctor entró por primera vez a mi dormitorio, casi se desmaya, considerando el
atentado visual que el conjunto provocaba. Después del shock inicial, tuve que
aguantarle burlas de todos los colores y formas. Acabé por aceptar que dormiría
en un mundo nuevo, ajeno a la realidad que conocía hasta ahora.
En
mi nuevo barrio descubrí una tienda de música que me entusiasmó desde el primer
día. La encontré por accidente, ya que no estaba en mi camino habitual hacia el
autobús, pero cuando entré el primer día me encantó. Tenía varios pasillos
repletos de expositores de discos y cassettes de todo tipo de música, ordenados
por estilos, y dentro de éstos, por intérpretes en orden alfabético. Lo
atendía Andrés, un chico un poco mayor que yo y auténtico erudito de la música,
que me enseñó todo lo que había que saber para elegir “un buen sonido que
deleite los oídos”, solía decirme en broma.
Me
descubrió grupos nuevos procedentes de América, pero, sobre todo, los que
venían de Inglaterra eran los que más le gustaban a él, y a mí también empezaron
a apasionarme.
Enseguida
cogimos confianza, y le visitaba a menudo con la excusa de buscar algo nuevo.
Pronto no necesité motivo aparente para ir a esa tienda; la visita se hizo
costumbre y acudía casi todos los días. Él solía tratarme de un modo diferente
cuando iba sola que cuando llegaba con Víctor, hasta que la conversación
habitual le aclaró que él no era mi novio, y encima era homosexual. Ese día nos
hicimos los tres inseparables. A Víctor también le gustaba.
Y es que recuerdo aquella época como la
más bonita y trepidante que había vivido hasta el momento. Cuando Andrés
cerraba la tienda nos íbamos a un parque cercano. En un banco de madera
descubrí el alcohol y el tabaco, y a hacer cualquier actividad que nos
apeteciera, sin dar explicaciones a nadie. Y, sobre todo, descubrí a reírme con
ganas. Íbamos a nuestro ritmo, sin hacer daño a nadie. Mi tía empezó a criticar
mi forma de comportarme y de vestir.
Algunos días Víctor no venía; entonces
Andrés aprovechaba para cogerme de la mano mientras caminábamos. Al caer la
tarde buscábamos un lugar oscuro y nos besábamos con ganas. Esto empezó a ser
cotidiano, pero cuando Víctor se unía al grupo, nuestra relación volvía a ser fría y distante.
Un día cualquiera, la tienda,
simplemente, no abrió sus puertas. Durante una semana, yo volví todos los días, en diferentes horas, y esperaba un rato, pero nadie nunca más volvió a atender ese negocio, ni ese trocito de nuestra vida que nos
dejó huérfanos a Víctor y, sobre todo, a mí con la ausencia de Andrés. Mi gran amigo nunca se enteró de mis devaneos con
el dueño de la tienda; decírselo lo consideraba tan innecesario como
inoportuno. Cada uno cumplía una misión diferente en mi vida, y no quería renunciar a ninguna de los dos por nada en el mundo.
En el fondo, mi silencio sobre el asunto me hacía sentir traicionera, ya que hasta el momento yo no había tenido secretos para Víctor; le había contado absolutamente todo lo que pasaba por mi mente, y lo que no. Pero estaba convencida de que la noticia le hubiera hecho mucho daño, así que preferí ocultárselo y protegerle.
En el fondo, mi silencio sobre el asunto me hacía sentir traicionera, ya que hasta el momento yo no había tenido secretos para Víctor; le había contado absolutamente todo lo que pasaba por mi mente, y lo que no. Pero estaba convencida de que la noticia le hubiera hecho mucho daño, así que preferí ocultárselo y protegerle.
No hay comentarios:
Publicar un comentario