lunes, 14 de octubre de 2013

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS Capítulo 5

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo 5
         La decoración de la nueva casa se la encargaron a un profesional, con un gusto pésimo. Quiso darle sobriedad, con un estilo victoriano tan personal como extravagante.
Lo peor de todo es que no me dejaron elegir mi dormitorio. Me colocaron una cama de 1,05 metros, con un dosel, simulando un escenario, en medio de una vasta extensión de terreno sotechado, con unos muebles que no combinaban entre sí. La cortina de la ventana era hermana gemela de la colcha de la cama. En todas las habitaciones habían puesto camas y mesillas, así que le pedí, inútilmente, a mi tía que, por favor, me permitiese mudarme a otra habitación, que no me gustaba la mía. Me contestó que “era una desagradecida, que había reservado la mejor para mí”. No sé qué criterio utilizó para llegar a esa conclusión; yo veía todas las habitaciones exactamente iguales.
Cuando Víctor entró por primera vez a mi dormitorio, casi se desmaya, considerando el atentado visual que el conjunto provocaba. Después del shock inicial, tuve que aguantarle burlas de todos los colores y formas. Acabé por aceptar que dormiría en un mundo nuevo, ajeno a la realidad que conocía hasta ahora.
En mi nuevo barrio descubrí una tienda de música que me entusiasmó desde el primer día. La encontré por accidente, ya que no estaba en mi camino habitual hacia el autobús, pero cuando entré el primer día me encantó. Tenía varios pasillos repletos de expositores de discos y cassettes de todo tipo de música, ordenados por estilos, y dentro de éstos, por intérpretes en orden alfabético. Lo atendía Andrés, un chico un poco mayor que yo y auténtico erudito de la música, que me enseñó todo lo que había que saber para elegir “un buen sonido que deleite los oídos”, solía decirme en broma.
Me descubrió grupos nuevos procedentes de América, pero, sobre todo, los que venían de Inglaterra eran los que más le gustaban a él, y a mí también empezaron a apasionarme.
Enseguida cogimos confianza, y le visitaba a menudo con la excusa de buscar algo nuevo. Pronto no necesité motivo aparente para ir a esa tienda; la visita se hizo costumbre y acudía casi todos los días. Él solía tratarme de un modo diferente cuando iba sola que cuando llegaba con Víctor, hasta que la conversación habitual le aclaró que él no era mi novio, y encima era homosexual. Ese día nos hicimos los tres inseparables. A Víctor también le gustaba.
         Y es que recuerdo aquella época como la más bonita y trepidante que había vivido hasta el momento. Cuando Andrés cerraba la tienda nos íbamos a un parque cercano. En un banco de madera descubrí el alcohol y el tabaco, y a hacer cualquier actividad que nos apeteciera, sin dar explicaciones a nadie. Y, sobre todo, descubrí a reírme con ganas. Íbamos a nuestro ritmo, sin hacer daño a nadie. Mi tía empezó a criticar mi forma de comportarme y de vestir.
         Algunos días Víctor no venía; entonces Andrés aprovechaba para cogerme de la mano mientras caminábamos. Al caer la tarde buscábamos un lugar oscuro y nos besábamos con ganas. Esto empezó a ser cotidiano, pero cuando Víctor se unía al grupo, nuestra relación volvía a ser fría y distante.

         Un día cualquiera, la tienda, simplemente, no abrió sus puertas. Durante una semana, yo volví todos los días, en diferentes horas, y esperaba un rato, pero nadie nunca más volvió a atender ese negocio, ni ese trocito de nuestra vida que nos dejó huérfanos a Víctor y, sobre todo, a mí con la ausencia de Andrés.  Mi gran amigo nunca se enteró de mis devaneos con el dueño de la tienda; decírselo lo consideraba tan innecesario como inoportuno. Cada uno cumplía una misión diferente en mi vida, y no quería renunciar  a ninguna de los dos por nada en el mundo.
        En el fondo, mi silencio sobre el asunto me hacía sentir traicionera, ya que hasta el momento yo no había tenido secretos para Víctor; le había contado absolutamente todo lo que pasaba por mi mente, y lo que no. Pero estaba convencida de que la noticia le hubiera hecho mucho daño, así que preferí ocultárselo y protegerle.

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