QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo
4
En
invierno, en Madrid, hacía mucho frío, pero no tanto como en el pueblo. Mi tía
tuvo que llevarme de compras porque yo carecía que ropa de abrigo;
prácticamente me había venido con lo puesto. El nuevo papel de mi tía como tutora
le venía grande, y a veces, por lo bajo, le oía desahogarse blasfemando
palabrotas sin sentido alguno. Nunca supe quién le impondría esta obligación,
pero ella no se tomó la molestia de afrontarla de buena gana; se limitó a
aceptarlo y ya está. Y mi tío Antonio tampoco demostró demasiado interés en que
yo me encontrara a gusto en su compañía; simplemente ignoraba mi presencia. Así
que me sentía una figura extraña y fuera de lugar en aquella casa.
Yo creo que mi tía me regañaba por
todo. “Si te hubiera cogido desde pequeña, te hubiera metido en cintura, pero,
claro, ahora eres un caso perdido”, me repetía cada vez que discutíamos, porque
a ella nunca le parecía bien lo que yo hacía, nunca estaba a gusto con nada.
“Menos mal que por lo menos me traes buenas notas, que si no…”, nunca terminaba
esa frase. Yo me callaba porque en el fondo tenía miedo de que un día estallara
y me enviara de nuevo al pueblo. Así que la miraba de reojo y pensaba, con una
sonrisa burlona: “… si no, ¿qué? ¿Me echarías de casa? ¿Qué harías conmigo?”. Y
ella seguía relatando más palabrería que yo ni me molestaba en prestar la
mínima atención.
Un domingo, la tía Victoria invitó a
comer a unos señores muy importantes del trabajo del tío Antonio: los Morales.
“Pórtate bien. No me gustaría que se llevaran una mala impresión de ti. Vienen
con un chico de tu edad, así que después de comer, os vais los dos a dar un
paseo, que los mayores tenemos que hablar.”
La tía llamó a la vecina de al lado para
que preparara una paella; la verdad es que todos los domingos la comíamos, pero
mi tía no era gran cocinera. Le pagó doscientas pesetas a la hora para que
hiciera la comida y se quedara a servirla, y después fingiera ser la sirvienta
habitual de la casa. Para el evento, le procuró un uniforme que no sé de dónde
lo sacó, pero que tuvo que devolver al cabo de unos días, después de lavarlo y
plancharlo convenientemente.
Colocó
un mantel amarillento que yo no conocía en la mesa larga del comedor, que
tampoco utilizábamos nunca. Sacó la cubertería de plata del cajón superior del
aparador, y fregó la vajilla que había expuesta en la vitrina del salón.
Cuando sonó el timbre, a la hora
convenida, corrí a refugiarme a mi habitación. Y esperé a que me llamaran para
salir a saludarles, como habíamos convenido anteriormente. Entraron por el
pasillo una pareja de mediana edad y un chico alto y repeinado.
— Hola,
querida —sonó un beso al aire de cada lado, mientras las dos mujeres chocaban
su cara—. Mira, ella es Julia.
— Hola,
¿qué tal está usted? —representé el saludo ensayado.
— ¡Qué
delicia de niña! —dijo ella mientras me besaba—, pero llámame de tú.
— Entrad
al salón y poneos cómodos —dijo el tío Antonio con mucha solemnidad, como si lo
hubiera hecho todos los días—. Casimira, tráenos un poco de vino, que nuestros
invitados vendrán sedientos.
— Pues,
hombre, un buen vino no vendría mal ahora —apostilló el marido forastero.
— Vosotros
id a tu habitación.
El
larguirucho me siguió por el pasillo. Entramos en mi dormitorio y nos sentamos
los dos encima de la cama, mirando el suelo primero y luego a los visillos que
escondían la ventana.
— Me
llamo Miguel —dijo, al fin.
— Yo Julia.
Y
volvió el silencio a mi habitación. Al rato nos llamaron para comer.
Nos sentamos alrededor de la mesa del
salón y apareció, como si se tratara de una ceremonia, Casimira con una
paellera como para 12 personas en sus manos; creí escuchar música de clarinetes
mientras avanzaba hasta la mesa donde estábamos nosotros.
— Tenga
el gusto de servirlo usted, señora —comentó la presunta sirvienta, y se fue
rápidamente, dejando a mi tía Victoria con la palabra en la boca, sin derecho a
réplica.
Entonces
se escucharon parabienes por la presentación y el sabor de la comida. Se notaba
que aquella paella no había sido obra de mi tía; ciertamente estaba buenísima.
“Ojalá estos señores vinieran todos los días a comer”, pensé, suponiendo que en
años volvería a probar bocado tan bien aprovechado en esta casa.
Cuando terminamos tan suculenta comida,
hizo acto de presencia, de nuevo, Casimira, portando una bandeja de plata con
el resto de la vajilla inglesa y cubertería del mueble del salón, con la
cafetera aún humeante.
— Sírvelo
en la mesita baja —ordenó mi tío.
Al
pasar por nuestro lado, sin saber qué lo pudo provocar, la impostora cayó al
suelo, llevándose consigo todo lo que llevaba la bandeja, haciéndose añicos, no
solo las tazas y los platos decorados, sino la dignidad de la buena vecina. El
café recién hecho le quemaba en el brazo izquierdo, y rompió a llorar, para
sorpresa del público asistente. Los hombres se levantaron inmediatamente a
socorrer a Casimira, pero cuando llegaron, ella ya se había levantado.
Mientras, mi tía le espetó:
— ¡Ten
cuidado, Casimira! ¡Me has roto la vajilla!
— ¡Vete
a hacer puñetas, Victoria! ¡No sé quién me mandaría meterme en esto! Encima que
te hago un favor… ¡así me lo pagas! Me voy ahora mismo.
— Mujer,
no te pongas así.
— Ya
veo cómo te preocupas por mí. Pero no te preocupes, bonita, estaré bien el
resto de mi vida, no hace falta que me vuelvas a dirigir la palabra.
— ¡Madre
mía! —dijo en alto la señora visitante—, ¡cómo está el servicio!
— ¿Qué
servicio? —todavía le dio tiempo a replicar—. Aquí, la señora no tiene criadas
ni nada que se le parezca. Que sepa usted que en esta casa no tienen dónde
caerse muertos, que todo esto lo han hecho por aparentar…
Todos
los quedamos mudos tras el portazo de Casimira.
— Bueno
—dijo el señor Morales—, nosotros también nos tenemos que ir. Se está haciendo
tarde.
— Si
solo son las tres y media de la tarde. Ahora mismo hacemos otra cafetera y lo
tomamos en otras tazas.
— No,
no, de verdad; tenemos que irnos.
Y
la casa se volvió a quedar callada. Mi tía trajo la escoba y la fregona, y se
puso a recoger los desperfectos, llorando. Mi tío salió detrás de ellos para
intentar que volvieran a casa. Pero eso no pasó.
Y, efectivamente, rara vez volvimos a
ver a Casimira; solo supimos que seguía viviendo en el piso de al lado porque
seguíamos escuchando, algunas noches, los golpes del cabecero de su cama
haciendo ruido en la pared que separaba su dormitorio del mío.
Pero el incidente no tuvo consecuencias
negativas en el trabajo de mi tío Antonio. Al cabo de los días descubrí que el
señor Morales era su jefe y que éste quería que se encontrara bien en su
presencia porque se estaba sorteando un ascenso, y para el puesto mi tío tenía
un rival directo. Pero lo consiguió. Tres meses después, Antonio Fuentes era el
flamante jefe de ventas de la empresa cosmética S.C.S.A., con despacho propio, 25
personas a su cargo y una suculenta subida de sueldo.
Ya no tendría que viajar más, pero a
cambio volvía a casa todos los días muy tarde. Llegaba con la cena preparada y
enseguida se acostaba, cansado, sin ganas de más folclores. Mi tía y yo nos
quedábamos viendo la televisión solas, con el volumen casi al mínimo. Como
pasara una mosca, nos costaba oírla, pero
no queríamos perturbar su sueño porque tenía muy mal despertar.
Con los nuevos honorarios, en pocos
meses nos mudamos a un piso más grande, muy cerca del barrio, que me obligaba a
coger el autobús para ir al instituto. La nueva casa ocupaba toda la planta del
portal. Tenía cinco habitaciones, aunque viviéramos allí tres personas, de los
cuales dos de ellas seguían compartiendo dormitorio. Podíamos disfrutar de dos
cuartos de baño completos y un aseo. El salón era grandísimo, del que nacía una
enorme terraza exterior que rodeaba toda la vivienda y donde pusieron césped
artificial, con un cenador que cobijaba una mesa y sillas de madera rústicas.
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