lunes, 28 de octubre de 2013

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS Capítulo 7

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo 7
Desde el día que nos conocimos, Víctor y yo nos habíamos hecho inseparables. Ese día apareció en mi casa, más pronto que de costumbre. Las lágrimas de sus ojos presagiaron que estaba a punto de anunciarme la peor de mis tragedias; sus padres habían decidido irse a vivir a Nueva York, y quitarme a mi mejor amigo. Aquella separación me torturó durante muchísimo tiempo. Sabía que nunca más volvería a verle y nunca encontraría a otra persona así, o por lo menos de eso estaba segura en aquella época.
Al principio me escribía todas las semanas. Me contaba que se habían instalado en un lujoso apartamento cerca de Central Park; que Nueva York es una ciudad muy fría y húmeda, que aún así se compró una bicicleta para ir al instituto; que seguía sin tener amigos, pero que no los necesitaba; que nadie se metía con él y que pasaba bastante desapercibido; “aquí, cada uno va a lo suyo”, me repetía con frecuencia. Me decía que a veces se sentaba en un banco de Central Park a ver cómo jugaban al béisbol; que no le gustaba el deporte, pero sí los chicos que lo practicaban; que me echaba de menos, muchísimo; que tenía ganas de que llegara el verano para volver a España y pasar mucho tiempo juntos; y que quería que todo volviera a ser como antes. 
Todas estas palabras me hacían sentir muy mal. Estaba muy sola. Me convertí en una persona adusta y taciturna. Odiaba a todo el mundo, sin ninguna razón. Notaba  que me hundía sin llegar nunca al fondo. Intuía una premonición horrible, que no sabía explicar, como si me encontrara en la antesala de una tragedia. No tenía ganas de luchar contra la inconformidad, el tedio, la tristeza y la incomodidad, y sí de desaparecer, sin pensar en las consecuencias. ¡Qué cobarde me sentía cuando pensaba en todo esto, y qué incapaz era de hacer otra cosa! Desde que Víctor se había ido, todo el tiempo había transcurrido como una terrible pesadilla.
¡Cuántas veces sonreía a la pared, imaginándome que era él… de una forma casi enfermiza! Y enseguida me topaba con la realidad de nuevo.
Iba al instituto y no entraba. Deambulaba por las calles sin saber dónde ir, ni qué hacer. Una mañana pasé por un descampado, cogí una piedra lo más grande que abarcó mi mano y la arrojé con todas mis fuerzas hacia el escaparate de una tienda de electrodomésticos. No me moví del sitio; no escapé hacia ninguna parte. Mis tíos fueron a buscarme a la comisaría, después de tomarme declaración. No negué nada.
Me bajaba al parque que había detrás de mi calle cuando llovía, y me sentaba en un banco a ver la gente corriendo, buscando cobijo, huyendo de esa lluvia que a mí me hacía sentir bien, libre, diferente a los demás. Las personas que pasaban se me quedaban mirando, como si nunca hubieran visto a alguien disfrutando de un maravilloso día de lluvia.
Una vez, un señor con gabardina y paraguas negros se me acercó y me preguntó si me encontraba bien.
  Sí, señor —le respondí, desconcertada.
  ¿Quieres que te acompañe a casa, niña?
  No, gracias, estoy bien aquí.
Dudó unos instantes frente a mí; finalmente, desistió, y continuó su camino.
Hacer cosas diferentes me hacía sentir viva, aunque todo en la vida me estaba resultando una losa, difícil de soportar.
Mi tía empezó a preocuparse por mi comportamiento díscolo; lo relacionó con el de mi madre, una demencia sin diagnosticar, y me obligó a ir a un psicólogo los martes por la tarde. Yo llegaba a la consulta y le soltaba un rollo de disconformidad con la sociedad que nos había tocado vivir, aderezada con mucha exageración para que aquello pareciera una enfermedad más. Cumplía con el expediente y salía de allí a seguir con mi vida. Pero nada cambiaba más que en mi mente, en mi maldita mente; sin duda, mi peor enemiga.
Desde el día que Víctor salió de mi vida necesitaba llorar, gritar de rabia e impotencia, pero no podía. Nada aliviaba ese dolor que yo era incapaz de contarle a nadie; inexplicable incluso para mí. La vida me quitaba alguien al que quería de verdad, pero al que  tampoco tuve el valor de confesárselo.
Sentía un dolor generalizado y poco específico. Vomité todo lo que pude y lo que me costó echar. Me sentía morir allí mismo, sola, en el cuarto de baño de mi casa, mientras mi tía, tranquilamente, oía las radionovelas y, de vez en cuando, juraba en arameo todas mis desdichas. Las lágrimas me salían del esfuerzo. Necesitaba echar lo que fuese que me carcomía por dentro y que no era mío. Alguna vez perdí el conocimiento, no sé cuánto tiempo.
El psicólogo me mandó al psiquiatra, y éste convino mi ingreso en un centro especializado. Empezó a tratarme con pastillas que me dejaban sin fuerzas, y sin ganas de moverme. “Tenemos que regularle la dosis”, le decía el médico a mi tía, pero tardé como un mes en acostumbrarme al ritmo que me marcaban esas píldoras.
A veces, tumbada, cerraba los ojos y veía el mar; un horizonte que traía las olas hacia mí, mansamente, sin prisa, para que yo las pisara sin levantar los pies, como si quisieran abrazarme. Aunque sentía el agua fría, imaginaba que aquello era la libertad que me desunía de mis negativos pensamientos, urdidos de una forma maléfica, para que solo pudiera sufrir. Y ese bienestar se volvía amargo. Entonces, notaba una finísima gota que salía de mis ojos y resbalaba hasta mi oreja, para perderse dentro, e imaginaba que eran trozos de mar.
Cuando ya me encontré mejor, pero sin dejar el tratamiento, me mandaron a casa, y una semana después, comencé a ir de nuevo al instituto. 

lunes, 21 de octubre de 2013

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS Capítulo 6

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo 6
El teléfono, en aquella tranquila casa, pocas veces sonaba, solo cuando me llamaba Víctor. Ese día, mi tío Antonio estuvo nervioso durante toda la tarde hasta que el aparato escupió su sonido estridente:
  ¿Dígame? Sí, soy yo —se cambió el auricular de mano y se la secó con el pantalón—. ¿A qué hora, entonces? De acuerdo; allí estaré.
Y colgó. La tía Victoria, que había estado escuchando toda la conversación a su espalda, preguntó:
         — ¿Quién era?
  Nadie.
Cogió su americana y salió de la casa, dando un portazo.
A los pocos días, el cartero llamó al timbre dos veces consecutivas, casi inmediatas. Traía una citación judicial para mi tío Antonio. Debía presentarse el próximo jueves en los juzgados por una denuncia contra él que había interpuesto la firma de cosméticos en la que trabajaba, o más concretamente, el señor Morales, en nombre de la empresa. Según su propia confesión, le habían despedido una semana antes acusado de desviar  dinero a una cuenta llamada “Gastos de representación varios”, yendo a parar a su propio bolsillo. Cuando el jefe de contabilidad dio la voz de alarma, la operación había durando varios meses y pudo lucrarse de una suma importante de beneficios ilícitos. Le condenaron a dos años de prisión, de los cuales solo cumplió uno por apelación de su abogado. Y, evidentemente, tuvo que devolver todo el dinero desviado. Esto provocó que volviéramos a mudarnos de casa, a una más pequeña aún que la primera. Costó más vender aquellos horrorosos muebles que la casa en sí.
         Durante todo ese tiempo, la tía Victoria iba todas las semanas a verle a la cárcel. El resto del tiempo se lo pasaba haciendo su vida habitual como si nada hubiera pasado, salvo los dos primeros días que sí lloró su ausencia, pero pronto se habituó a dormir sola y a tener que cocinar solo para nosotras dos.
         Cuando cumplí los diecisiete años busqué desesperadamente perder la virginidad, fuera con quien fuese, como si me estorbase, como si quisiera deshacerme de un lastre, el signo de esa vida que ansiaba dejar atrás, y olvidarla para siempre. También lo quería hacer como un acto de rebeldía, sin ningún otro motivo que el de quebrantar las normas de buena conducta, y yo no estaba dispuesta a hacer lo que se esperaba de mí. Pero, claro, eso implicaría que mi tía debía saberlo, y yo no sabía cómo se dicen esas cosas. En definitiva,  la decisión ya estaba tomada, y no iba a echarme para atrás solo por esa tontería.
Conocí a mi candidato en una sala de juegos recreativos. Era un chico muy engreído, que hablaba con una sonrisa fingida. Me pidió fuego para el cigarrillo que sostenía entre dos dedos de su mano derecha. Masticaba chicle de una forma ruidosa. Le respondí que yo no fumaba, pero no se apartó de delante de mí, como si esperara algo más. Nos quedamos mirándonos unos segundos, sin decir nada:
  ¿Vives por aquí? —preguntó, al fin.
  No —espeté, sin pensármelo. No entendía a qué venía esa pregunta.
  Yo sí; aquí al lado.
  Bueno, ¿y qué?
  Si quieres, vamos a mi casa. Mis padres no están. Te puedo enseñar mi colección de sellos.
  A mí, tu colección de sellos me importa bastante poco.
—Bueno, te puedo enseñar…
  Tú, exactamente, ¿qué quieres de mí?
  Me gustas —me dijo, sin preámbulos.
Mi sorpresa apenas se notó. Me quedé mirando aquel chico con aspecto de bobalicón, rubio, ojos pequeños, delgado y espigado, que se creía a sí mismo muy guapo. Vestía una camiseta deportiva y unos vaqueros. Me acerqué y sentí su olor, fortísimo, a colonia.
  Bueno, vale.
Y le seguí apenas cinco minutos que tardamos en llegar a la tercera planta de un edificio de viviendas. Entramos directamente a un amplio salón con tresillo y cortinas a juego, color marrón, de un pésimo gusto. Bien iluminado, eso sí. Enseguida noté el contraste del calor de la calle al entrar. Me cogió de la mano y me guió directamente a su habitación.
  ¿Quieres beber agua? —me preguntó.
         Negué con la cabeza. De pronto, me volví muda. Ni tenía, ni quería decir nada.
         Se puso enfrente de mí y me sonrió. Dejó el chicle encima de la mesilla. Me besó lentamente. Su boca sabía a fresa ácida; me gustaba ese sabor. Se quitó la camiseta y volvió a sonreírme. Cerré los ojos de una manera inconsciente. Notaba cómo me desvestía, tembloroso. Su respiración comenzó a ser afanosa, rápida y rítmica. Le frené sus torpes movimientos para pedirle que bajara la persiana, como si la oscuridad fuera una coraza contra mi pudor.
         Su mano recorrió las zonas de mi cuerpo que le parecieron más conveniente para mi placer, y para el suyo también. Nos tumbamos en su cama pequeña, uno frente a otro. Volvió a besarme. Su lengua húmeda salió de mi boca y fue buscando el mismo camino que anteriormente había recorrido su mano. Se acomodó sobre mi cuerpo y, sin abrir los ojos, noté una vehemencia desmesurada, pero necesaria, para aplacar el deseo. Él respiraba a mi oído cada vez más deprisa y comenzó a salir por su boca unos sonidos que al principio me parecieron de queja, de lamento, cercano a un bramido. Creo que yo seguía callada. El olor de su colonia me estaba anulando los sentidos completamente, me estaba mareando; lo tenía pegado a mis fosas nasales, y empecé a sentir su efecto anestésico.
         Desperté con la calma. Nos abrazamos como en las películas. Había visto esa misma escena miles de veces, y yo ahora era la protagonista. De repente, sentí un desconcierto inexplicable, la sensación de que ya no tenía nada que hacer allí. Sin decir nada, me vestí con la misma rapidez con la que él me había quitado la ropa, y huí como si acabara de cometer un delito. Nunca más volví a verle; ni ganas que tenía. El sexo me gustó, creo, pero no estaba hecha para ninguna relación.
         Corrí a contárselo a Víctor. Yo no sabía por qué no le hizo ninguna gracia; estuvo varios días tratándome de una manera distante, hasta que se le pasó. Yo intentaba sacar el tema para que me explicara qué era realmente lo que le molestaba, hasta que él zanjó el asunto, diciéndome “creo que podías haberte reservado hasta conocer a una persona que realmente te merezca, y no hacerlo con cualquier gilipollas que te encuentres por la calle”. Amén. No reprimí mi impulso de abrazarlo, muy fuerte, pero sí de besarlo.

lunes, 14 de octubre de 2013

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS Capítulo 5

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo 5
         La decoración de la nueva casa se la encargaron a un profesional, con un gusto pésimo. Quiso darle sobriedad, con un estilo victoriano tan personal como extravagante.
Lo peor de todo es que no me dejaron elegir mi dormitorio. Me colocaron una cama de 1,05 metros, con un dosel, simulando un escenario, en medio de una vasta extensión de terreno sotechado, con unos muebles que no combinaban entre sí. La cortina de la ventana era hermana gemela de la colcha de la cama. En todas las habitaciones habían puesto camas y mesillas, así que le pedí, inútilmente, a mi tía que, por favor, me permitiese mudarme a otra habitación, que no me gustaba la mía. Me contestó que “era una desagradecida, que había reservado la mejor para mí”. No sé qué criterio utilizó para llegar a esa conclusión; yo veía todas las habitaciones exactamente iguales.
Cuando Víctor entró por primera vez a mi dormitorio, casi se desmaya, considerando el atentado visual que el conjunto provocaba. Después del shock inicial, tuve que aguantarle burlas de todos los colores y formas. Acabé por aceptar que dormiría en un mundo nuevo, ajeno a la realidad que conocía hasta ahora.
En mi nuevo barrio descubrí una tienda de música que me entusiasmó desde el primer día. La encontré por accidente, ya que no estaba en mi camino habitual hacia el autobús, pero cuando entré el primer día me encantó. Tenía varios pasillos repletos de expositores de discos y cassettes de todo tipo de música, ordenados por estilos, y dentro de éstos, por intérpretes en orden alfabético. Lo atendía Andrés, un chico un poco mayor que yo y auténtico erudito de la música, que me enseñó todo lo que había que saber para elegir “un buen sonido que deleite los oídos”, solía decirme en broma.
Me descubrió grupos nuevos procedentes de América, pero, sobre todo, los que venían de Inglaterra eran los que más le gustaban a él, y a mí también empezaron a apasionarme.
Enseguida cogimos confianza, y le visitaba a menudo con la excusa de buscar algo nuevo. Pronto no necesité motivo aparente para ir a esa tienda; la visita se hizo costumbre y acudía casi todos los días. Él solía tratarme de un modo diferente cuando iba sola que cuando llegaba con Víctor, hasta que la conversación habitual le aclaró que él no era mi novio, y encima era homosexual. Ese día nos hicimos los tres inseparables. A Víctor también le gustaba.
         Y es que recuerdo aquella época como la más bonita y trepidante que había vivido hasta el momento. Cuando Andrés cerraba la tienda nos íbamos a un parque cercano. En un banco de madera descubrí el alcohol y el tabaco, y a hacer cualquier actividad que nos apeteciera, sin dar explicaciones a nadie. Y, sobre todo, descubrí a reírme con ganas. Íbamos a nuestro ritmo, sin hacer daño a nadie. Mi tía empezó a criticar mi forma de comportarme y de vestir.
         Algunos días Víctor no venía; entonces Andrés aprovechaba para cogerme de la mano mientras caminábamos. Al caer la tarde buscábamos un lugar oscuro y nos besábamos con ganas. Esto empezó a ser cotidiano, pero cuando Víctor se unía al grupo, nuestra relación volvía a ser fría y distante.

         Un día cualquiera, la tienda, simplemente, no abrió sus puertas. Durante una semana, yo volví todos los días, en diferentes horas, y esperaba un rato, pero nadie nunca más volvió a atender ese negocio, ni ese trocito de nuestra vida que nos dejó huérfanos a Víctor y, sobre todo, a mí con la ausencia de Andrés.  Mi gran amigo nunca se enteró de mis devaneos con el dueño de la tienda; decírselo lo consideraba tan innecesario como inoportuno. Cada uno cumplía una misión diferente en mi vida, y no quería renunciar  a ninguna de los dos por nada en el mundo.
        En el fondo, mi silencio sobre el asunto me hacía sentir traicionera, ya que hasta el momento yo no había tenido secretos para Víctor; le había contado absolutamente todo lo que pasaba por mi mente, y lo que no. Pero estaba convencida de que la noticia le hubiera hecho mucho daño, así que preferí ocultárselo y protegerle.

lunes, 7 de octubre de 2013

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS Capítulo 4

QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo 4
En invierno, en Madrid, hacía mucho frío, pero no tanto como en el pueblo. Mi tía tuvo que llevarme de compras porque yo carecía que ropa de abrigo; prácticamente me había venido con lo puesto. El nuevo papel de mi tía como tutora le venía grande, y a veces, por lo bajo, le oía desahogarse blasfemando palabrotas sin sentido alguno. Nunca supe quién le impondría esta obligación, pero ella no se tomó la molestia de afrontarla de buena gana; se limitó a aceptarlo y ya está. Y mi tío Antonio tampoco demostró demasiado interés en que yo me encontrara a gusto en su compañía; simplemente ignoraba mi presencia. Así que me sentía una figura extraña y fuera de lugar en aquella casa.
         Yo creo que mi tía me regañaba por todo. “Si te hubiera cogido desde pequeña, te hubiera metido en cintura, pero, claro, ahora eres un caso perdido”, me repetía cada vez que discutíamos, porque a ella nunca le parecía bien lo que yo hacía, nunca estaba a gusto con nada. “Menos mal que por lo menos me traes buenas notas, que si no…”, nunca terminaba esa frase. Yo me callaba porque en el fondo tenía miedo de que un día estallara y me enviara de nuevo al pueblo. Así que la miraba de reojo y pensaba, con una sonrisa burlona: “… si no, ¿qué? ¿Me echarías de casa? ¿Qué harías conmigo?”. Y ella seguía relatando más palabrería que yo ni me molestaba en prestar la mínima atención.
         Un domingo, la tía Victoria invitó a comer a unos señores muy importantes del trabajo del tío Antonio: los Morales. “Pórtate bien. No me gustaría que se llevaran una mala impresión de ti. Vienen con un chico de tu edad, así que después de comer, os vais los dos a dar un paseo, que los mayores tenemos que hablar.”
         La tía llamó a la vecina de al lado para que preparara una paella; la verdad es que todos los domingos la comíamos, pero mi tía no era gran cocinera. Le pagó doscientas pesetas a la hora para que hiciera la comida y se quedara a servirla, y después fingiera ser la sirvienta habitual de la casa. Para el evento, le procuró un uniforme que no sé de dónde lo sacó, pero que tuvo que devolver al cabo de unos días, después de lavarlo y plancharlo convenientemente.
Colocó un mantel amarillento que yo no conocía en la mesa larga del comedor, que tampoco utilizábamos nunca. Sacó la cubertería de plata del cajón superior del aparador, y fregó la vajilla que había expuesta en la vitrina del salón.
         Cuando sonó el timbre, a la hora convenida, corrí a refugiarme a mi habitación. Y esperé a que me llamaran para salir a saludarles, como habíamos convenido anteriormente. Entraron por el pasillo una pareja de mediana edad y un chico alto y repeinado.
  Hola, querida —sonó un beso al aire de cada lado, mientras las dos mujeres chocaban su cara—. Mira, ella es Julia.
  Hola, ¿qué tal está usted? —representé el saludo ensayado.
  ¡Qué delicia de niña! —dijo ella mientras me besaba—, pero llámame de tú.
  Entrad al salón y poneos cómodos —dijo el tío Antonio con mucha solemnidad, como si lo hubiera hecho todos los días—. Casimira, tráenos un poco de vino, que nuestros invitados vendrán sedientos.
  Pues, hombre, un buen vino no vendría mal ahora —apostilló el marido forastero.
  Vosotros id a tu habitación.
El larguirucho me siguió por el pasillo. Entramos en mi dormitorio y nos sentamos los dos encima de la cama, mirando el suelo primero y luego a los visillos que escondían la ventana.
  Me llamo Miguel —dijo, al fin.
  Yo Julia.
Y volvió el silencio a mi habitación. Al rato nos llamaron para comer.
         Nos sentamos alrededor de la mesa del salón y apareció, como si se tratara de una ceremonia, Casimira con una paellera como para 12 personas en sus manos; creí escuchar música de clarinetes mientras avanzaba hasta la mesa donde estábamos nosotros.
  Tenga el gusto de servirlo usted, señora —comentó la presunta sirvienta, y se fue rápidamente, dejando a mi tía Victoria con la palabra en la boca, sin derecho a réplica.
Entonces se escucharon parabienes por la presentación y el sabor de la comida. Se notaba que aquella paella no había sido obra de mi tía; ciertamente estaba buenísima. “Ojalá estos señores vinieran todos los días a comer”, pensé, suponiendo que en años volvería a probar bocado tan bien aprovechado en esta casa.
         Cuando terminamos tan suculenta comida, hizo acto de presencia, de nuevo, Casimira, portando una bandeja de plata con el resto de la vajilla inglesa y cubertería del mueble del salón, con la cafetera aún humeante.
  Sírvelo en la mesita baja —ordenó mi tío.
Al pasar por nuestro lado, sin saber qué lo pudo provocar, la impostora cayó al suelo, llevándose consigo todo lo que llevaba la bandeja, haciéndose añicos, no solo las tazas y los platos decorados, sino la dignidad de la buena vecina. El café recién hecho le quemaba en el brazo izquierdo, y rompió a llorar, para sorpresa del público asistente. Los hombres se levantaron inmediatamente a socorrer a Casimira, pero cuando llegaron, ella ya se había levantado. Mientras, mi tía le espetó:
  ¡Ten cuidado, Casimira! ¡Me has roto la vajilla!
  ¡Vete a hacer puñetas, Victoria! ¡No sé quién me mandaría meterme en esto! Encima que te hago un favor… ¡así me lo pagas! Me voy ahora mismo.
  Mujer, no te pongas así.
  Ya veo cómo te preocupas por mí. Pero no te preocupes, bonita, estaré bien el resto de mi vida, no hace falta que me vuelvas a dirigir la palabra.
  ¡Madre mía! —dijo en alto la señora visitante—, ¡cómo está el servicio!
  ¿Qué servicio? —todavía le dio tiempo a replicar—. Aquí, la señora no tiene criadas ni nada que se le parezca. Que sepa usted que en esta casa no tienen dónde caerse muertos, que todo esto lo han hecho por aparentar…
Todos los quedamos mudos tras el portazo de Casimira.
  Bueno —dijo el señor Morales—, nosotros también nos tenemos que ir. Se está haciendo tarde.
  Si solo son las tres y media de la tarde. Ahora mismo hacemos otra cafetera y lo tomamos en otras tazas.
  No, no, de verdad; tenemos que irnos.
Y la casa se volvió a quedar callada. Mi tía trajo la escoba y la fregona, y se puso a recoger los desperfectos, llorando. Mi tío salió detrás de ellos para intentar que volvieran a casa. Pero eso no pasó.
         Y, efectivamente, rara vez volvimos a ver a Casimira; solo supimos que seguía viviendo en el piso de al lado porque seguíamos escuchando, algunas noches, los golpes del cabecero de su cama haciendo ruido en la pared que separaba su dormitorio del mío.
         Pero el incidente no tuvo consecuencias negativas en el trabajo de mi tío Antonio. Al cabo de los días descubrí que el señor Morales era su jefe y que éste quería que se encontrara bien en su presencia porque se estaba sorteando un ascenso, y para el puesto mi tío tenía un rival directo. Pero lo consiguió. Tres meses después, Antonio Fuentes era el flamante jefe de ventas de la empresa cosmética S.C.S.A., con despacho propio, 25 personas a su cargo y una suculenta subida de sueldo.
         Ya no tendría que viajar más, pero a cambio volvía a casa todos los días muy tarde. Llegaba con la cena preparada y enseguida se acostaba, cansado, sin ganas de más folclores. Mi tía y yo nos quedábamos viendo la televisión solas, con el volumen casi al mínimo. Como pasara una mosca, nos costaba oírla, pero  no queríamos perturbar su sueño porque tenía muy mal despertar.

         Con los nuevos honorarios, en pocos meses nos mudamos a un piso más grande, muy cerca del barrio, que me obligaba a coger el autobús para ir al instituto. La nueva casa ocupaba toda la planta del portal. Tenía cinco habitaciones, aunque viviéramos allí tres personas, de los cuales dos de ellas seguían compartiendo dormitorio. Podíamos disfrutar de dos cuartos de baño completos y un aseo. El salón era grandísimo, del que nacía una enorme terraza exterior que rodeaba toda la vivienda y donde pusieron césped artificial, con un cenador que cobijaba una mesa y sillas de madera rústicas.