Capítulo
1
Nací en la familia equivocada, en una noche tan fría como lo fue mi infancia. Mis padres nunca se quisieron; ni supieron querer a ninguna de las tres hijas que tuvieron. Nos echaron al mundo, nos vistieron y nos dieron de comer. Y ahí acabó todo su trabajo.
Nací en la familia equivocada, en una noche tan fría como lo fue mi infancia. Mis padres nunca se quisieron; ni supieron querer a ninguna de las tres hijas que tuvieron. Nos echaron al mundo, nos vistieron y nos dieron de comer. Y ahí acabó todo su trabajo.
Recuerdo
a mi padre, alto y delgado, rudo, parco en palabras, salir todas las mañanas,
fuera verano o invierno, hiciera sol o tronara, y volver a la hora de la cena,
sin dar ninguna explicación a nadie. Su arma preferida era el silencio, y así
nos castigaba a todas. De vez en cuando traía dinero que dejaba encima del
aparador situado en el pasillo que distribuía los dormitorios. Nunca supe su
oficio, ni si tenía más habilidades que mantenernos alejados de su vida, fuera
la que fuese.
Mi madre, de poca estatura y gruesa,
siempre vestida de un negro riguroso, portaba una sumisión aparentemente
fingida, y peinaba una gran mata de cabello hacia atrás, bien apretado en un
moño que parecía no deshacerse nunca. Ella madrugaba todas las mañanas, cumplía
con los quehaceres del hogar, y se sentaba a hacer ganchillo al lado de la
ventana del salón, como un autómata. Y, acto seguido, se encerraba en su
mundo.
Yo fui su primer estorbo; después,
nació María, y, por último, Cecilia. Y lo hicimos sin ruidos, para no perturbar
el silencio que siempre reinaba en esa
casa, en un pequeño pueblo donde no había ni escuela, ni comercio, Pizarro, con unas cinco casas ocupadas,
a unos siete kilómetros de Pedraza del
Arroyo.
Mis hermanas y yo apenas nos llevábamos
un año de una a otra; siempre juntas, para discutir y para jugar. Como mi madre
siempre estaba enfrascada en sus pensamientos lejanos y su ganchillo, nosotras
nos subíamos al desván, que tenía el tejado medio derruido, revolviendo entre
trapos y trastos viejos, fingiendo ser quienes no éramos, y tener la edad que
no teníamos, y así no molestábamos a nadie durante horas.
Pizarro
era una agrupación de casas abandonadas, irregulares, grises, mezcladas con la
hierba silvestre que nace entre las piedras. La mayoría estaban en ruinas. Solo
quedaban cinco casas con inquilinos; mis vecinos eran matrimonios mayores que
esperaban, tranquilamente, el cese de sus servicios en este mundo. Sus hijos
hacía tiempo que se habían ido a vivir a las grandes ciudades.
Mi casa estaba en el centro del pueblo
y lindaba a cada lado con los vestigios de otras casas; columnas sin ningún
orden y piedras dispuestas como si fueran dados tirados al azar, en una gran mesa
de juego. La mía era la más alta, porque teníamos dos pisos. En el salón teníamos
un teléfono (un aparato negro muy antiguo que nunca sonaba), y una televisión
de la misma época, más o menos, en la que se veía todo en blanco y negro, pero con la
imagen muy nítida. Los dos sofás que custodiaban el tresillo del centro eran de
escay rojo, con flores. Sin duda, el tiempo se paralizó en ese habitáculo una
tarde de hace muchas décadas, y se quedó a vivir con nosotros. Bueno, en
realidad el tiempo se detuvo en esos dos kilómetros cuadrados que ocupaba el pueblo.
Nunca entendí por qué no nos trasladábamos
a vivir a Pedraza porque aquí no
había nada, y allí, todo. Cuando tuvimos edad escolar, José, el único vecino
que aún seguía en activo laboralmente, se encargaba de llevarnos todas las
mañanas a clase, porque él regentaba una carnicería en Pedraza de Arroyo:
—
¿Quiere que le traiga algo del pueblo, Señora Brigi? — le canturreaba a mi
madre, con una alegría disonante en el entorno.
—
No, nada — respondía, sin apenas mirarle.
Mi
madre nos preparaba la comida todos los días, y la comíamos con la profesora en
la misma aula que impartía las clases; por la tarde teníamos que esperar a que
nuestro conductor finalizara su jornada laboral para poder volver a casa, sobre
las ocho de la tarde. Y más tarde, llegaba mi padre a casa; sin saludar ni
dirigir la palabra a nadie, se sentaba a la mesa de la cocina y esperaba a que
le pusieran el plato con comida delante.
La
vida en Pedraza era bulliciosa, y esa
agitación serpenteaba por todas sus calles, sin descanso. Yo, en clase, tenía
dos amigas, Begoña y Luisa. Ellas siempre me acompañaban hasta que pasaba José
con el carro. Las envidiaba por tener unas madres que ejercían de madres, con
las que se reían, hablaban… y disfrutaban. La mía, sin embargo, deambulaba por
la casa como si fuera un alma en pena, con la mirada perdida, siempre
pensativa, ausente. A veces me la imaginaba con una sonrisa y no la reconocía;
y soñaba con una mujer que hablaba, bailaba, me miraba a los ojos… pero con el
rostro de mi madre. Y me despertaba, agitada, llorando.
El
camino que separaba los dos pueblos era un sendero irregular, de tierra, con
piedras desperdigadas a los largo de los siete kilómetros que duraba el
trayecto. El burro que tiraba del vehículo de madera, ya castigado por la edad,
nos hacía interminable la vuelta.
Alguna
vez, muy pocas, viajábamos a Valladolid en un ruidoso tren, con mi madre.
Tardábamos casi cuatro horas en llegar; salíamos el sábado muy pronto, hacíamos
noche en casa de sus primos, y nos volvíamos por la tarde del domingo. Recuerdo
que en esos trenes olía a calor concentrado, mezclado con el del plástico de
los asientos, y de algún vómito accidental que no se había limpiado demasiado
bien.
Mis padres eran mayores que los
padres de mis amigas, o por lo menos eso me parecía a mí. Se debieron de conocer
el día en que murieron los dos, aunque siguieran respirando. Nunca se sonrieron
ni por dentro, ni por fuera. Ni se hablaban, ni se miraban a la cara; nosotras
también aprendimos, de manera inconsciente, a observar la vida así, de reojo. En
casa, nunca gritábamos, como hacían el resto de los críos de nuestra edad;
aprendimos a callar todo el día, a no expresar ni alegría ni tristeza, ni amor
ni odio… todo nos lo guardábamos en lo más profundo de nuestro corazón.
Felicidades, Milagros! Tienes una gran sensibilidad para narrar historias humanas, y esta promete serlo y mucho. Esperaré ansiosa los capítulos siguientes.
ResponderEliminarVioleta
Enhorabuena, Milagros! Ya tienes otro seguidor fiel que irá desgranando, capítulo a capítulo, esta "puta vida". Promete ser una historia dura, cruel, sin concesiones a la galería. A mi parecer, está escrita con el ritmo que pide la historia, consiguiendo introducir al lector en un ambiente triste (como el de la familia), apagado, sin luces y con muchas sombras. Besos.
ResponderEliminarQuerida Milagros!!! me recuerdas una canción , me ha encantado el primer capítulo ,es una mezcla del Lazarillo y documental. Si tiene tintes autobiográficos estoy segura de que te permitirá llenar de dulzura y amor a esa adolescente de 16 años que recuerda su casa y familia desde el dolor emocional . Espero impaciente el segundo capítulo. Un abrazo. Fina
ResponderEliminar¡Bravo, Milagros! Me ha encantado la narración y se vislumbra una gran historia. Ya estoy esperando la siguiente entrega ;-)
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