QUERIDA PUTA VIDA, DOS PUNTOS
Capítulo
2
Cuando cumplí los dieciséis años, me mandaron a vivir con mi tía Victoria, a Madrid, para que estudiara y me labrara un futuro, porque allí nunca lo tendría. A esa edad, dejé mi pueblo, mi infancia y a mis hermanas; me enfrentaba a lo desconocido de la gran cuidad, y eso me asustaba mucho.
Cuando cumplí los dieciséis años, me mandaron a vivir con mi tía Victoria, a Madrid, para que estudiara y me labrara un futuro, porque allí nunca lo tendría. A esa edad, dejé mi pueblo, mi infancia y a mis hermanas; me enfrentaba a lo desconocido de la gran cuidad, y eso me asustaba mucho.
Nadie, antes, me había comunicado mi
viaje; yo estaba sentada con mis hermanas en el frío suelo de la cocina para
aliviar el calor infernal de una tarde del mes de agosto, cuando oímos chirriar
los frenos de un coche. Era el de mi tío Antonio, que se detuvo delante de la
puerta. Nos levantamos, rápidamente, las
tres a mirar por la ventana quién venía a casa. Le vimos entrar en la casa sin
que nadie le abriera la puerta. Yo apenas le conocía, pero él si parecía
recordarme perfectamente. Se detuvo delante de mí y me dijo:
— ¡Vámonos!
— ¿Adónde?
— logré preguntar, sorprendida.
— A
Madrid, conmigo.
Miré
desesperadamente a mi madre, pidiéndole explicaciones con la mirada, pero ella
ni levantó la vista del suelo. Yo no quería ir, pero no me atreví a protestar.
Encontré una bolsa de rafia azul que había colgada detrás de la puerta de la
cocina, que no recuerdo que nadie la utilizara jamás; fui a mi dormitorio y
metí en ella toda la ropa que tenía, que no era mucha, y me planté delante del
tío Antonio, sin decir nada, con la cabeza agachada. No podía ver nítidamente
porque tenía los ojos acuosos.
En casa nunca hablábamos, pero en esos
momentos necesité alguna palabra de alguien, aunque fuera vacía.
Miré hacia atrás. El pueblo se estaba
quedando a mi espalda, dejando las casas cada vez más pequeñas. Me giré hacia
delante. El camino me resultaba al principio familiar, pero luego, distinto.
Jamás había abandonado mi tierra natal, y estaba convencida de que jamás
volvería. De repente, dejé de pertenecer al mundo que me cobijó durante estos 16
años. Árboles, piedras, y, de vez en cuando, un coche de frente. Hasta que
llegamos a la autopista: ahí era todo igual.
Cerré
los ojos como queriendo olvidar lo que estaba sucediendo; “un mal sueño lo
tiene cualquiera”, pensé, pero este no tenía visos de acabar pronto. Nada me
parecía ni real ni de ficticio, y tampoco yo era capaz de sentir algo
reconocible, como si, de repente, me hubiera salido de mi cuerpo y fuera una
mera espectadora de mi propio yo.
Durante las tres largas horas que duró
el viaje, no cruzamos ninguna palabra mi tío y yo. Solo veía pasar kilómetros
de campo estéril a través del cristal de la ventanilla, buceando en el rencor
hacia el maltrato psicológico que mi padre había ejercido en mí y la silenciosa
indiferencia de mi madre, que nunca entendí.
Subí, con miedo, las viejas escaleras
del portal de mi nueva casa. Por lo visto, el ascensor llevaba un tiempo
estropeado. La barandilla de hierro semioxidado me indicaba que debía seguir
subiendo, hasta que mi tío Antonio me dijo: “Es aquí”. Esperé a que la puerta
se abriera, después de oírse dos veces girar el bombín de la cerradura. El
pasillo olía a tortilla de patatas, y mi tía Victoria, que salió a saludarme, a
perfume caro.
Mi
nueva casa no era muy grande; un salón, perfectamente cuadrado, distribuía la
cocina, una terraza que daba a la calle y un pasillo que albergaba dos
habitaciones y el cuarto de baño. Sus muebles eran antiguos, pero no parecían
castigados por el uso. Una vitrina exponía una vajilla inglesa con grabados
azules y dos figuras de porcelana representando una pareja de chulapos que parecía adelantada a su tiempo.
Mi
tía me acompañó a mi habitación, estrecha y con las paredes desnudas. “Aquí
estarás bien”, me dijo, con desgana. Cerró la puerta cuando salió. Deposité la
bolsa en el suelo y me senté en la cama. Noté muy áspera la colcha al contacto
con mis piernas. Mi habitación tenía menos lujos que la celda de Santa Teresa
de Jesús, entre un camastro sin mesilla, una mesa, una silla y una estantería
sin libros llenaban la estancia. En lugar de cortina, un visillo dejaba
vislumbrar desde fuera lo que sucedía en el interior, sin la más mínima
protección a la intimidad. Pero estaba todo limpio.
Me tumbé en la cama y miré al techo,
nerviosa, durante mucho rato, como si quisiera descubrir en él algo que no
fuera una superficie de yeso blanco. Y de repente, lo descubrí; vi claramente
el rostro de mi madre, que seguía sin llorar. Yo lo estaba haciendo por las dos,
y tal vez mis hermanas también me estuvieran echando de menos.
Esa misma noche cené con un matrimonio
que tampoco quería ejercer de padres. No pegué ojo ni esa ni ninguna noche
durante la primera semana, por el calor de fuera y el dolor de dentro.
Los días siguientes fueron tediosos,
pero a la vez vertiginosos. En casa me aburría como una ostra. Cuando mi tía me
aconsejaba que saliera a la calle y me diera una vuelta, me atronaba el sonido ambiente de la calle,
de los coches, de la gente hablando y riéndose con mucha vitalidad. Jamás había
oído tanto ruido en mi vida. Me molestaba todo. Me encontraba perdida. Por
primera vez en mi vida, tuve una sensación de inseguridad ante todo lo que me
estaba pasando, me sentí inmersa en el más absoluto abandono.
Yo pasaba mucho tiempo dentro de mi
habitación porque no sabía de qué hablar con mi tía, ni ella tampoco iniciaba
ninguna conversación conmigo, así que cuando nos cruzábamos en el salón, nos
saludábamos en voz baja, dirigiendo la mirada a las baldosas del suelo.
No me gustaba demasiado salir a la
calle. El aire caluroso y pesado de Madrid, y el ritmo que allí se respiraba me
hacía sudar aún más, y en ocasiones, notaba una sensación de mareo y sopor, que
me agobiaba en exceso. Me hacía sentir vértigo; y el olor, tan intenso y nada
definido, me daba asco, hasta que empecé a vivir con él.
Poco a poco perdí las imágenes que
tenía en la cabeza, las que dolían de verdad, las de mi casa. También olvidé la
cara de mi madre, pese a que yo me empeñaba en recordarla. Me concentraba y
solo conseguía visualizar alguien con el mismo cuerpo que la señora silenciosa
que había dejado atrás, pero sin cara, con un gran hueco ovalado que unía el
cuello con el pelo.
Notaba
que todo mi mundo era ficticio, que no correspondía a la realidad, o por lo
menos a mi nueva realidad.
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